miércoles, 29 de junio de 2016

¿SOCIALISMO?




Una de las islas donde naufragar que me van quedando se encuentra habitada por un puñado de hombres y mujeres que, una vez al mes, se reúnen en una biblioteca pública para leer, comentar y reflexionar en común un libro. En nuestro y caso y como quiera que se trata de un club de lectura de ensayo, una obra pensada para hacer pensar.


La orgullosa pertenencia a este grupo –abierto a cualquiera que desee leer con los demás- me ha llevado, hace apenas unos días, a acudir a la conmemoración anual de los clubes de lectura, un encuentro participativo en el que las lectoras (porque son sobre todo mujeres) y los lectores (los menos) acuden llevando comida y bebida traída de sus casas para compartirla con todas las personas asistentes y ponerla en común de manera generosa y solidaria, cooperando en la organización y limpieza de la fiesta. Sin esperar nada a cambio.


Esta celebración de la lectura comunitaria y pública me ha hecho recordar el breve y delicioso ensayo "¿Por qué no el socialismo?" (Editorial Katz), escrito por el filósofo canadiense Gerald A. Cohen y en el que se plantea, entre otras cuestiones, que la aplicación de los principios socialistas -no confundir con las estructuras económicas socialistas, cuya experiencia histórica no ha tenido resultados dignos de imitación- puede ser algo tan recomendable como factible.


Partiendo de una potente y sencilla propuesta -un grupo de personas que participa en un campamento. Un castizo perol podríamos decir por estos lares- Cohen concluye que lo razonable es que el grupo de excursionistas no sólo no se desenvuelva rigiéndose por principios mercantilistas, sino que muy al contrario lo natural será que cada cual ponga en común sus posesiones, sus habilidades o su tiempo en provecho del grupo, repartiéndose a la par las tareas, comida u otros beneficios y cargas de acuerdo con las necesidades y capacidades que cada cual tenga.


El tristemente ya desaparecido profesor de Oxford, con su habitual y sugerente estilo irónico e inapelable, lleva al lector a reconocer lo absurdo que sería que quien tenga mayor pericia para la pesca venda su producto o exija una mejor pieza como retribución por su aportación al grupo, o, del mismo modo, lo peregrino que resultaría que quien, vagando por el campo, encontrara un magnífico manzano, reclamara para sí menos tareas de limpieza como contrapartida por su azaroso hallazgo. La lógica del intercambio mercantil no sirve y carece de sentido en estas situaciones.


Cohen -ese apellido y su origen canadiense anticipan siempre algo interesante- trata también de dar respuesta a obvios ataques previsibles como que sus aparentemente idílicos planteamientos se vuelven inútiles a gran escala pues resultarían en todo punto inviables al aplicarse a grandes grupos humanos. Nadie mejor que el propio pensador canadiense para refutar tales invectivas y me permito remitir al lector o lectora de estas líneas a acudir a la fuente original pues la lectura de Jerry Cohen siempre resulta grata y provechosa.

Sin embargo lo anterior, el libro sí que tiene la honradez de reconocer que si bien hemos sido capaces de construir las más variopintas estructuras políticas, económicas y sociales que se articulen en torno al egoísmo humano, por el contrario, al momento presente aún no hemos podido diseñar las arquitecturas necesarias para sustentar grupos de personas (desde las más pequeñas asociaciones temporales hasta las gigantescas organizaciones y federaciones de países) que basen en la solidaridad sus diversas relaciones.


No obstante, parece evidente que no somos sólo egoísmo, aunque seamos en parte individualistas. Ni tampoco somos sólo altruismo, aunque tengamos momentos de pura generosidad. Somos y vivimos una vida que fluye y vibra en un entorno líquido de contradicción permanente.


Así, al igual que hemos sido capaces de potenciar formas de vida que se basan en el individualismo y la codicia –con sus continuas fallas, como demuestran las recurrentes crisis económicas y sus perversos resultados- y hemos pretendido hacer del vicio privado virtud pública, se trataría ahora de conseguir articular propuestas y construir realidades sociales, económicas y culturales que fomenten y premien –¿incentiven?- el lado más cooperativo y generoso del ser humano, sin que las obvias debilidades o las puntuales y desastrosas experiencias pasadas –como gusta decir a los economistas liberales: la realidad es sólo un caso particular y por tanto no debe empañar la teoría general- sirvan como único argumento para cesar en este inaplazable empeño, no tan utópico.





7 comentarios:

  1. Bueno Javier, creo que sí que hemos sido capaces de "diseñar arquitecturas necesarias para sustentar grupos de personas (...) que se basen en la solidaridad". El ejemplo claro es el del mencionado grupo que va de excursión (y lo hacemos constantemente), pero hay otras muchas estructuras y/o colectivos basados en la cooperación y no en la competencia. De hecho creo que esto forma parte de la naturaleza humana.
    Los que, es verdad, no se han basado nunca en la cooperación sino en la competencia (o aún peor, en la guerra), son los estados. Y por supuesto, pues sólo buscan el beneficio, las grandes empresas. Éstas últimas son capaces hoy de comerciar con el aire, con el agua, con la ayuda humanitaria, o con las emisiones de CO2; cualquier cosa siempre que aumenten sus ganancias.
    En fin, contra ello, nuestra lucha ha de consistir en hacer del vicio de lo público nuestra virtud privada: defendamos con uñas y dientes lo público, y compartamos siempre que podamos lo privado.
    Saludos.
    Magnífico blog.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias. Cuenta conmigo para esa "lucha justa" de la que hablas.

      Un abrazo.

      Eliminar
  2. Buenas, Javier, soy Ana, del club. Bien por tu análisis sobre ser humano (polisémica palabra esta última: adjetiva y sustantiva, es decir, con rasgos semánticos diferentes) y ética “colectiva”. Nosotros, por capricho determinismo, tenemos metido intravenosamente normas, actos, ideales o formas de ver y sentir el día a día llamados de la cultura occidental, o sea, que somos diversos/distintos a otras culturas. Si bien la lógica del (¿nuestro?) mercado no es sino poner a disposición del consumidor aquello que le sea después correspondido (sólo se invierte en lo rentable; sólo se enseña lo eficaz) coexisten en “nosotros”, los occidentales, tres relaciones humanas /modelos profundamente enraizadas –Platón ya hablaba de ellas en su “Banquete”-: la del EROS, del AMOR y del ÁGAPE. El AMOR se da sin pretender correspondencia, cosa inversa al amor ERÓTICO, el EROS, que es el amor interesado, al que se le pide una correspondencia (que con ponderación incluso es beneficioso). Se ama sin considerar una inminente reciprocidad, prescindiendo de perspectivas del valor del “uso” que poseen las personas (todos tratados por igual). El ÁGAPE conlleva pérdida, pero es el único que nutre, que colma, teniendo mucho de compasión y solidaridad (o misericordia, palabra esta casi en desuso), siendo este el paradigma más aclamado/incoativo de los llamados grupos organizados de la sociedad civil en el ámbito más crítico de la propia vida. Deberíamos plantearnos si verdaderamente están equilibrados estos tres modelos/relaciones y si conviven equilibradamente con nosotros los occidentales; o, por el contrario, se percibe un desequilibrio: inclinándose la balanza vertiginosamente hacia el EROS. Si esto último fuese así, si abriésemos más los ojos para advertir esa fatua inclinación que entendemos por “normalidad” y que no es otra cosa que hedonismo y ombliguismo personal, habría que añadir un cuarto modelo: LOGOS, que volviera a colocar a la balanza de las relaciones humanas en equilibrio. Un cordial saludo, nos vemos en el club,... allá por octubre, creo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Ana. Precisamente que traigas a Platón (cuando yo no habría reparado en ningún caso a entrever la relación ) es lo que engrandece reuniones de "seres humanos" como los que se conciertan en el club.

      Buen verano y nos vemos (si no antes, por azares) en octubre, creo.

      Eliminar
  3. Hola Javier, soy Pepe Ruiz que llegué al club siguiendo tu estela y en él estoy un poco a verlas venir pues ni mi conocimiento ni mi formacion anterior, me impiden algunas veces comprendrer y expresarme de la forma tan brillante que lo hacen algunos compañeros.
    Como siempre sabes que me gustan tus escritos basados como este en casos para que podamos comprender algunas veces complicadas teorias en lo economico de tan dificil solución y corrección en otro sentido que el que tenemos actualmente,
    Pero en este mundo, algunas veces sin sentido, si hay gente que se va de "perol" a cualquier parte del mundo a socorrer a otros semejantes y me consta que le llevan a sus conciudanos las mejores peras y golosinas que encuentran en el camino.Me refiero a algunas ONGs que actuan tanto en la misma puerta de al lado de nuestro piso, como en alguna parte de Angola o de Nepal. Te puedo contar y lo haré cuando nos veamos lo que hacen. Ellos no van a cambiar el sistema economico del mundo pero si le hacen mas llevadero en muchas partes del mundo. Solo un caso por merecido y meritorio. Una hermana de mi madre regresó a España despues de treinta años en medio de la nada en la selva de Angola y aguantó alli una terrible guerra , que bien conoceras y se vino cuando ya no podia ayudar y tenian que ayudarla a ella .Murio hace poco haciendo labores de cocina para su comunidad con noventa y tres años. Jamas quiso nada de lo que encontró y lo que encontró lo dió.
    Gracias Javier por la leccion y por la oportunidad de compartir contigo una opinion tan bien expresada por ti. Un nabrazo y nosotros ¿vamos a esperar a octubre para tomar una cerveza ? Te llamaré un dia de estos

    ResponderEliminar
  4. Gracias, Pepe.

    Espero esa llamada... y esa cerveza, claro.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Me gusta mucho esta entrada. Me ha hecho pensar en todas las veces que la celebración de una comida se ha utilizado para reflexionar o contar algo que trasciende con mucho el acto de ingerir alimentos: desde El banquete de Platón a La Santa Cena (con su parodia genial en Viridiana), ha tenido un uso especialmente frecuente en el cine, donde se ha sacado mucho partido a su valor simbólico, desde Tomates verdes fritos, “el reparto de la tarta” en El Padrino II que hace Hyman Roth (interpretado por el legendario Lee Strasberg, uno de los padres El Método), Dublineses, la comida de comunión en El sur con el pasodoble de fondo… Siguiendo esa tradición, en nuestro caso un amigable perol sirve para imaginar un hermoso modelo de sociedad.
    Por otra parte, resulta curioso que los mismos que deploran todos los valores del socialismo para la esfera pública y política, los quieren aplicar, en cambio, en el ámbito privado de las empresas (otra cosa es que sea mera retórica: de eso hablamos otro día), pues se está extendiendo toda una nueva forma de organización empresarial basada en las famosas sinergias, en la horizontalidad en lugar del jefe omnipotente, en la coordinación y cooperación como alternativas a la orden y la amenaza…
    Efectivamente, si los liberales no renuncian a sus ideas por muchas veces que se estrellen, ¿por qué íbamos los que tenemos convicciones socialistas a hacerlo con las nuestras?
    Un abrazo y a seguir pensando.

    ResponderEliminar