martes, 30 de diciembre de 2014

EL CANSANCIO DEL EMPRENDEDOR






Cuando un año se termina, como cuando se repasa una lista de la compra, se cierra un balance, se funde en negro un capítulo de una serie, o se lee el epílogo de una novela, solemos vivir una situación ambivalente en la que nos detenemos para, con un ojo puesto aún en el pasado, disponer ya nuestro camino hacia adelante: un sístole por ayer, una diástole por mañana. Un hemisferio de nuestro cerebro reflexionando sobre lo ocurrido, otro hemisferio planeando el futuro.

Pues bien, en estos procelosos tiempos en los que las sangrantes tasas de desempleo superan el 24% (el 52% para los jóvenes) llevamos un año deleitándonos con un meloso canto de sirena, con un remedio prodigioso, con una llave maestra contra el drama de los brazos cruzados: emprender.

Parto (por si esto fuera un argumento, que lo dudo) de que quien escribe estas líneas es trabajador autónomo desde hace muchos años, sin embargo, aún a pesar de ser “emprendedor”, me resulta más fácil quedarme en este momento con el pensamiento del filósofo Byung-Chun Han que con las amables bondades del emprendimiento.

Para el intelectual coreano, el sistema de dominación neoliberal ya no es represor, sino seductor, cautivador, de tal modo que convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Cada cual es “un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona”.

Así, el sujeto sometido ni siquiera es consciente de su sometimiento. Se cree libre. Y heroico.

De acuerdo con el D.R.A.E. “emprender” significa “acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro”. Es decir, el emprendedor (sugerente palabra que pretende añadir un intangible plus respecto del rancio trabajador autónomo, categoría relegada pues a tareas artesanales, sin el glamour que exige la sociedad del espectáculo) se convierte en un personaje casi mitológico que se enfrenta cada mañana a una odisea plagada de riesgos o trances difícilmente superables, todo ello aderezado con un constante bombardeo de discursos y mensajes de “crecimiento personal” que hablan del talento, del esfuerzo extenuante, de la competitividad frente a los demás y, sobre todo, frente a uno mismo, de acomodar las reglas de la economía a la vida diaria cambiando la literatura por la oferta y la demanda, y creando, en resumen, una masa de individuos “agotados, depresivos y aislados” que fían ingenuamente toda esperanza a sueños asombrosos o, simplemente, irrealizables.

Además, el emprendedor, como el héroe que es, vive en soledad. La soledad del número primo, individual, “autoempleado, aislado, separado”. La vida se torna en una hobbesiana guerra de todos contra todos que, como nos enseña Byung-Chun, si bien puede mejorar la productividad, destruye la solidaridad y el sentido de comunidad”. Todo ello sin hablar del elevado índice de proyectos que apenas llegan a celebrar su primer aniversario, abocando al emprendedor al pozo del fracaso.

Por todo, con un pie puesto en el año que expira y el otro (junto con la exigua ilusión del optimista bien informado) en el que ahora comienza, me siento desconcertado ante la cruda realidad del paro y la mercadotecnia del emprendimiento hacia ninguna parte.










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