miércoles, 21 de mayo de 2014

¿25 DE MAYO?





Tenemos la televisión. Tenemos la radio. Tenemos internet (en los ordenadores, teléfonos y tabletas) y allí alojadas las redes sociales (facebook, twitter, linkedin...), los periódicos, los blogs, las revistas... Tenemos toda la información al alcance de la mano, de un click, que diría alguien acomodado a los lugares comunes.


Por supuesto también tenemos las plazas públicas, los bares, las reuniones de amigos, las cenas familiares, las casas de vecinos, el rato del desayuno, la hora del bocadillo…


Sin embargo, aún a pesar de que en apariencia lo tenemos todo a favor para saber, resulta complicado –o, en realidad (disculpen la paradoja) muy sencillo- conocer qué proponen para Europa, en las próximas elecciones, los dos partidos principales de nuestro país.


Ensalzados en una (quizás más impostada y artificiosa que real) guerra de trincheras sectarias, el debate público ha desaparecido y, como nos enseña Antonio Muñoz Molina en su imprescindible “Todo lo que era sólido”, tras el naufragio moral e intelectual, sólo queda el enfrentamiento de predecibles monólogos que no resultan ser sino meros encadenados de frases huecas, eslóganes pretendidamente ingeniosos, buenistas brindis al sol o maniqueas descripciones de lo que (y de quienes) nos rodean.  


Se echa en falta aquel, ya mítico por impensable en nuestros acelerados tiempos, mantra del “programa, programa, programa” que solía repetir un maestro de escuela metido a político. La deformación profesional, eso de lo que muchos de nuestros actuales representantes (criados y adoctrinados en las filas de organizaciones cerradas, nepotistas y antidemocráticas, alejadas de los principios de mérito, capacidad e igualdad) no pueden presumir o disculparse, abocaba al califa comunista a venerar la educación, el sano ejercicio de la reflexión o la fidelidad a una propuesta política que no se viera diluida por los vaivenes del mercado y los arcanos cálculos de los réditos y riesgos electorales.


Y no se trata aquí de laudar acríticamente a un concreto político, sino de añorar otra forma de acercarse a lo público, primando lo trascedente frente a lo accesorio, centrándose en lo sólido frente a lo líquido, abogando por el fondo frente a la forma o apostando por la reflexión crítica y el compromiso ideológico, aún a riesgo (como también nos advertía Muñoz Molina recientemente) de perder un “me gusta” o no llegar a ser trending topic en este bazar de futuros volátiles y lealtades de máscaras y espejismos.




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