viernes, 20 de mayo de 2011

EL MUNDO QUE HABITO




“A comienzos del tercer milenio una justicia mundial se hace a la vez imposible y necesaria.”

(Adela CORTINA)



Que la democracia ha de ser el gobierno del pueblo no tiene duda alguna si acudimos tanto a la etimología de la palabra, como a la definición que de la misma nos ofrece la R.A.E. (“1. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno. 2. Predominio del pueblo en el gobierno de un Estado”).

Sin embargo, las palabras en ocasiones de tanto usarlas corren el riesgo de tornarse en monedas que van perdiendo su troquel o, en tono más lírico pero con el mismo origen, de transformarse en el humo de una metáfora que se evapora.

Siguiendo con el significado de las palabras –que tienen el poder de provocar furia o ternura, de alentar o zaherir, de mover a la lealtad o de justificar la traición, de encomiar el mal o de enterrar la justicia- conviene detenerse en lo real, es decir y también según la R.A.E., en aquello que tiene “existencia verdadera y efectiva”, que no es mera apariencia, que deja de ser pura verosimilitud de algo que parece, tal vez por su forma, pero que, en verdad, no lo es.

La verdad –que tan expresivamente definían los griegos como lo que no está oculto, la aletheia-, para nosotros supone una conformidad de las cosas con el concepto que de ellas se forma la mente, una adecuación entre lo que se dice con lo que se siente o se piensa.

Con estas premisas, el sintagma “democracia real” bien puede ser un pleonasmo, toda vez que no es discutible –según el art. 1 de nuestra Constitución Española-, pero tampoco negociable, que la soberanía o autoridad suprema del poder público radica en el pueblo; bien puede ser un desiderátum necesario, toda vez que la “democracia” –no sólo como palabra, también como forma de gobernanza- corre el riesgo de diluirse como la niebla en la noche, dejando a un lado su existencia verdadera y, sobre todo, efectiva.

La democracia –la real, que es la única que podemos tolerar, en otro caso, como la propia Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce en su Preámbulo, nos vemos compelidos al supremo recurso de la rebelión- supone que los pueblos se gobiernen –mediante instituciones, mediante partidos, mediante elecciones- a sí mismos en búsqueda, garantía y tutela de la libertad, la igualdad, la dignidad y la justicia.

La democracia irreal, la falaz, la aparente, la solamente formal, simple y llanamente no es democracia. Podrá ser oligarquía. Podrá ser plutocracia. Podrá ser partitocracia. Podrá ser mercadocracia. Podrá ser demagogia. Aún podrá ser un poco de cada una de estas perversiones incluso teniendo el color de la democracia, simulando serla. Sin embargo toda limitación (por unos pocos, por el dinero, por los partidos, por los mercados, por los halagos) del pueblo es también un alejamiento del bien común de todos los ciudadanos.

Por ello, no es baladí recordar que una sociedad justa requiere un intenso sentimiento comunitario, para lo cual tiene que rescatar la democracia –la real, la única que puede ser llamada como tal- como una forma válida de cultivar en los ciudadanos una preocupación participativa por el conjunto, una dedicación de todos, por todos y para todos al bien común.


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