miércoles, 19 de julio de 2017

CONJUGANDO LA JUSTICIA EN FEMENINO








El psicólogo israelí y premio Nobel de economía Daniel Kahneman en su conocido libro “Pensar rápido, pensar despacio” –excelente obra divulgativa y no por ello menos rigurosa acerca de cómo confeccionamos nuestros juicios, plagados de sesgos y atajos mentales no del todo fiables- explica que nuestro pensamiento intuitivo no tiene reparo alguno en alcanzar prematuras conclusiones partiendo de una base limitada de antecedentes. Esta deficiencia cognitiva la resume el profesor de la universidad de Princeton con un cacofónico acrónimo: WYSIATI (what you see is all there is) lo que ves es todo lo que hay.

Es decir, tendemos a tomar apresuradas decisiones y a adoptar endebles opiniones partiendo sólo de un puñado de incuestionados datos previos que no son ni cuantitativa ni cualitativamente suficientes para tal fin y, sin embargo, van contribuyendo a estrechar y empequeñecer nuestro mundo intelectual y sentimental, limitando nuestras experiencias y ensombreciéndonos la mirada, que se enturbia, y se contenta con verlo todo en tonalidades de grises, en detrimento de toda la gama de colores que contiene el arco iris.

Cuáles, quiénes y cómo se fijan ese puñado de datos (y de tópicos que se reiteran, tantas veces sin fundamento racional alguno) excede los límites e intereses de esta breve pieza. Que cada cual especule sobre esos interrogantes.  

Dentro de mi pequeño círculo de intereses, de un tiempo a esta parte, han ocupado una posición principal las reflexiones acerca de qué sea (o qué deba ser) desde el punto de vista jurídico, ético, político y económico la Justicia.

Sobre este particular, si hay una obra verdaderamente trascendental de filosofía política en la segunda mitad del siglo XX ésta es sin duda la “Teoría de la Justicia” de John Rawls, la biblia del liberalismo igualitario.  

Después de su publicación en 1971, gran parte de la literatura científica ha tenido como punto de partida –bien para posicionarse a favor, con miles de matices; bien en contra, con otras tantas e infinitas posturas encontradas- la célebre e imprescindible obra rawlsiana.

Autores como Robert Nozick (defensor del estado mínimo), Michael Walzer (y sus esferas de la justicia), Gerald A. Cohen (que trató de humanizar la fría e institucional teoría de Rawls, abogando por una sociedad teñida de un particular ethos acerca de lo que es justo) o Ronald Dworkin (crítico con la teoría rawlsiana por mostrarse insensible con las dotaciones propias de cada persona) forman el principal y recurrente elenco de pensadores que cualquiera que se acerque a esta materia escuchará una y otra vez, de tal suerte que el mainstream –o malestream según Mary O`brien- limita en no pocas ocasiones su visión de las teorías de la justicia al, incuestionable eso sí, magisterio de los autores citados.

Sin embargo, hay mucho más allá de lo que normalmente se ve, y es que a pesar de que la Justicia es un sustantivo que debiera conjugarse en femenino, los principales manuales sobre la materia apenas se detienen (cuando ni siquiera se molestan en citar) a las muchas y excelentes intelectuales mujeres que se han ocupado en pensar, con solidez y seriedad académica, pero también con una meritoria y comprometida implicación social, acerca de la Justicia.

Autoras como Martha Nussbaum, Iris Marion Young, Susan Moller Okin, Catharine MacKinnon o Virginia Held han dejado indispensables trabajos sobre las capacidades, la responsabilidad social, la injusticia y el género, el liberalismo y el ámbito de lo privado o la ética de los cuidados.

Según Kahneman somos perezosos y nos supone un importante esfuerzo detenernos a pensar que puede haber algo más allá de lo que vemos, como también nos resulta incómodo salir de los apacibles y reducidos marcos impuestos para apreciar que hay otros muchos mundos que están en éste y que merecen ser explorados.


Sin embargo, estamos obligados y obligadas a andar ese camino. A (re)descubrir la obra intelectual política y filosófica escrita por la, luminosa pero apagada, mitad de la ciudadanía, profundizando en las visiones femeninas y feministas (léase, igualitarias) acerca de la Justicia.



domingo, 18 de junio de 2017

ASIMETRÍAS






Mi vida se fue a la mierda el día que lo conocí. Se llamaba XXX. El poeta, quién si no.

Con este certero disparo arranca la novela “El soldado Asimétrico” (Berenice. 2017), detonando la deflagración un desigual conflicto, condenado de antemano al fracaso, entre la poesía y la guerra, entre la realidad y el deseo, entre la memoria y la historia, entre la nostalgia y la cobardía, entre el rojo y el azul, entre la virtud y la miseria, entre la belleza y el horror, entre la traición y la decepción, entre la pérdida y el equilibrio.
La vida misma.

De Antonio Manuel, autor de este áspero y desgarrador dulce relato, se pueden decir muchas cosas (profesor de Derecho, músico, activista, escritor) pero no hay persona decente que pueda negar que se trata de alguien, en el buen sentido de la palabra, bueno, sin que la perversa y artificial sombra que trata de proyectar la insidia sobre el creador carbulense pueda apagar la luz de un hombre comprometido con la palabra como arma cargada de futuro, como razón argumentada con emoción.

El soldado asimétrico, como propusiera Marta Sanz en su ensayo “No tan incendiario” (Periférica. 2014) es un texto que duele, que dispara a matar y golpea (en la cabeza, en el pecho, en el vientre) con cada párrafo. Literatura que no se acomoda a la mercantil consigna de “no molestar” y que no trata al lector como a un zombi que arrastra su dedo por la pantalla mientras dormita enredado entre imágenes, lugares comunes o titulares malintencionados.

Como la democracia real –ese régimen político que, de acuerdo con Pasquino, es el más exigente para la ciudadanía-, El soldado asimétrico demanda de quien lo lee el mismo grado de entrega y compromiso del autor con la (buena) literatura, aquella en la que nada es superfluo y en la que cada palabra escrita ha sido previamente pensada, sudada, reflexionada y dolida.

La forma se pone aquí indisolublemente al servicio de la historia y las tres partes del libro -la pérdida, la búsqueda y el equilibrio; acaso las tres fases de la vida- se articulan como un preciso y sólo en apariencia anárquico puzle que, no obstante, se justifica por la propia y caótica peripecia vital del anónimo narrador -que no protagonista-. Un tipo miserable, sin nombre ni pie izquierdo, que, como Cernuda, habla de su tierra, pero también de los nolugares –utopías y distopías- que poblaron su vida, atravesada por todo el asimétrico siglo XX. Nos habla, eso sí, hilvanando retazos zigzagueantes de su memoria que terminan por cobrar pleno sentido al concluir la novela y volver a leerla dando cumplimiento a su precisa, y cuidada hasta la obsesión, arquitectura circular que la convierte en un relato breve pero infinito.

El permanente estado de excepción bélico que se dibuja en El soldado asimétrico deja también espacio para que asistamos a una hermosa y triste historia de amor -prohibido por los fundamentalismos- entre el narrador y un valiente soldado del ejército rojo.

La cobardía es asunto de los hombres no de los amantes, sin embargo, el cínico narrador presume de ser amado y no de ser amante.
Asimetrías. 

La vida misma, que puede ser eterna en cinco minutos.



lunes, 15 de mayo de 2017

HISTORIA Y TIRANÍA





En uno de los muchos diálogos brillantes y premonitorios de Los Simpson, Marge le dice a su marido, mientras ambos contemplan narcotizada y apaciblemente la televisión: "(la) Fox se convirtió en canal porno tan gradualmente que no me di cuenta".

Esta lapidaria afirmación (a todo se acostumbra uno) bien podría resumir uno de los temores que preocupan al historiador e intelectual Timothy Snyder en su urgente, necesario y sugerente último libro: Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del Siglo XX (Galaxia Gutemberg, 2017).

Se trata de una obra que se lee de un tirón y que, sin embargo, se debe digerir poco a poco, reposadamente, ya que la inaplazable reflexión sobre sus lecciones requiere de la cochura de la que carece el apresurado y artificial ritmo de vida que llevamos.

“La historia no se repite, pero sí alecciona”, esa afirmación, que abre el libro de Snyder, condensa la tesis del pensador norteamericano y es que, en sus propias palabras: “cuando el orden político parece amenazado, nuestra ventaja es que podemos aprender de las experiencias vividas para impedir el avance de la tiranía”.

Esta valoración positiva de la historia (no en vano Snyder es considerado hijo intelectual del historiador tristemente desaparecido Tony Judt, con quien coescribió Pensar el Siglo XX. Taurus, 2012) se muestra como un antídoto frente a lo que otros reputados autores como Jo Guldi y David Armitage (Manifiesto por la Historia. Alianza Editorial, 2016) han definido como “una escasez de pensamiento a largo plazo” en tanto que “los políticos no miran más allá de las siguientes elecciones y la misma cortedad de miras afecta a los consejos directivos de las grandes empresas o a los líderes de las instituciones internacionales”.

Como si de un disparo de sentido común se tratase, cada capítulo-lección del libro se resume en una recomendación que resulta complicado rebatir: “no obedezcas por anticipado”, “defiende las instituciones”, “asume tu responsabilidad por el aspecto del mundo”, “recuerda la ética profesional”, “cree en la verdad”, “investiga”, “mira a los ojos y habla de las cosas cotidianas” o “sé todo lo valiente que puedas”. Estos aparentemente sencillos y sensatos consejos se arropan luego con ejemplos históricos extraídos, entre otros, del régimen soviético, del fascismo italiano o del nazismo alemán.

Resulta extremadamente fácil, nos enseñan los hechos, adaptarse a la cotidiana excepcionalidad consecuencia de una situación aparentemente extraordinaria y grave (como lo fue, por ejemplo, el incendio del Reichstag en 1933) y que deriva en la gestión del terror por quienes forman parte de un régimen que se torna poco a poco en tiranía (entendida, desde la Grecia antigua, como la usurpación del poder o la burla de las leyes llevada a cabo por una sola o por unas pocas personas). Entonces la verdad se diluye y “si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre la que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes”.

Desoír las lecciones del Siglo XX, entiende Snyder, nos habría conducido a caer en la trampa de la “política de la inevitabilidad”, que tiene que ver mucho con el “fin de la historia” proclamado por Fukuyama. Terminaríamos creyendo que los acontecimientos responden a una teleología prefijada, abocándonos sin alternativa posible a una meta predeterminada (y aquí puede leerse: globalización, liberalización, sociedad de mercado, austeridad…)

Sin embargo, apunta el profesor de Yale, otra tiránica falacia nos estaría acechando: la “política de la eternidad” o lo que es lo mismo la manipulada añoranza de un pasado que realmente nunca sucedió. Snyder la ejemplifica con una frase reiterada por Donald Trump en su campaña: “hagamos América grande otra vez”, sin que seamos capaces de definir qué sea ese “otra vez”.

A todo se acostumbra uno: a la pérdida progresiva de derechos (nos dicen que sólo fueron fugaces privilegios), a la devaluación de la democracia (reducida a un zafio y vano espectáculo entre partidos), al nuevo lenguaje político (que zancadillea a la verdad), o, más prosaicamente, a las injerencias del Gobierno en la Justicia.

Es fácil acostumbrarse (o que nos acostumbren) a casi cualquier cosa cuando cada paso hacia la tiranía se presenta como un hecho aislado, desconectado (burlando así nuestra capacidad de análisis histórica) o inevitable.

Por eso, conviene detenerse en las lecciones de la historia: el relato es la vacuna contra los inconexos y constantes golpes que asestan los titulares que compartimos en las redes sociales.