martes, 7 de agosto de 2018

MÁSTER DE SALDO





Con el cobre que te paga,
 soldadito boliviano,
que te vendes, que te compra,
 es lo que piensa el tirano.



Ahora que de casi todo hace veinte años, me recuerdo en el verano de COU escuchando sin descanso, una y otra vez, a Paco Ibáñez cantando los versos del poeta Nicolás Guillén en el mítico concierto del Teatro Olympia de París.

Tiempo después, mientras hacía malabarismos para conciliar mi trabajo con un máster en Derechos Fundamentales que decidí estudiar por el puro placer de seguir aprendiendo, descubrí a un profesor de filosofía política cuya obra siempre he apreciado y que hoy ha alcanzado una notoria popularidad en nuestro país, entre otros motivos, por ser galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales 2018: Michael J. Sandel.

Entre sus obras de divulgación más conocidas se encuentran tanto el delicioso recorrido por la historia de la justicia distributiva “Justicia: ¿hacemos lo que debemos?”  (Debate 2011), como la aguda crítica a la sociedad de mercado “Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado” (Debate 2013).

En este último libro, el profesor de Harvard reflexiona acerca de cómo la mentalidad económica (entendida, además, en sentido capitalista) ha invadido todas las esferas de la vida humana: la política, la escuela, la salud, la familia, la amistad e incluso el amor.
Todo estaría en venta, de tal suerte que habríamos pasado de una economía de mercado (una herramienta que, según el autor, sería valiosa y eficaz para organizar la actividad productiva) a una sociedad de mercado, esto es, una forma de vivir en la que los valores mercantiles penetran en cada aspecto de las actividades humanas.

Como gráficamente resume el filósofo de Mineápolis, en los años sesenta del siglo pasado los principales manuales definían la economía como “el mundo de los precios, los salarios, los tipos de interés, las acciones y los bonos, los bancos y los créditos, los impuestos y los gastos” (Samuelson). En cambio, hoy día, uno de los libros de referencia en las facultades de economía (Mankiw) define esta disciplina como “un grupo de personas que interactúan unas con otras cuando hacen sus vidas”. La era del triunfalismo del mercado.

Esta expansión de la razón económica que contamina cada rincón de la vida humana (se llega incluso a mercantilizar el lenguaje de tal modo que, ante un argumento convincente, decimos que estamos dispuestos a comprárselo a nuestro interlocutor) termina desembocando en dos circunstancias, ambas indeseables: la desigualdad y la corrupción. Si todo se compra o se vende (p.e. la seguridad social), quienes tienen menos recursos llevarán necesariamente una vida más dura y desagradable. Además, subraya Sandel, los mercados corrompen mucho de lo que tocan, lo pervierten al transmutar en mercancía lo que antes no lo era, convierten en medios lo que moralmente sólo puede calificarse como fines en sí mismos (p.e. el vientre de una mujer).

Partiendo de estas dos premisas (la desigualdad y la corrupción) no resulta difícil concluir que hay determinadas cosas que el dinero no puede (no debe) comprar, obligándonos a fijar los límites del mercado.

Así las cosas, la desigualdad coloca a determinadas personas ante situaciones en las que no es posible prestar un verdadero y libre consentimiento (p.e. en los casos de prostitución o venta de órganos), de ahí que determinadas transacciones económicas no sean tan voluntarias como los entusiastas del liberalismo prediquen, explicándose desde situaciones de precariedad, carestía o extrema necesidad.
Por otro lado, el argumento de la corrupción no apela tanto a la justicia del intercambio como a la significación moral de los bienes en juego. Hay cosas que por sí mismas no tienen precio (p.e. la amistad o el placer de leer), de ahí que no sea posible establecer una lícita identidad entre valor y precio sin caer en la necia confusión evidenciada por Antonio Machado.

Por todas estas razones, la compra de un grado o un máster universitario (como se sospecha, entre otros políticos y políticas, del flamante presidente del P.P.) repugna a cualquier sentimiento ético pues degrada la esencia misma del conocimiento, reducido a mera mercancía, a simple título expuesto al público y sólo al alcance de quien pueda pagar por él, devaluándose además los principios de mérito o capacidad, que nadie dudaría en reconocer que son superiores al de poder económico pues permiten, justamente y siempre que apostemos sincera y decididamente por la igualdad de oportunidades, ir avanzando por el camino que conduce a la utópica pero irrenunciable sociedad igualitaria.






martes, 26 de junio de 2018

VIVIR EN MANADA PRODUCE MONSTRUOS





Hay ocasiones (una madrugada al volver a casa tras tomar alguna copa de más, una mañana mientras nos preparamos para acometer otra larga jornada, una tarde tras un mal sueño fugaz) en que el espejo nos devuelve una imagen que se nos antoja irreconocible. La edad, el hastío, la decepción, la desesperanza, la soledad, la incomprensión, la pérdida, la rabia, la nostalgia, las derrotas, o la enfermedad desdibujan un rostro que recordábamos más joven, legre, lozano o hermoso y que ahora no queremos resignarnos a reconocer como nuestro, pero que es lo que hay.

El desconcertante momento del irreconocimiento y su aceptación posterior también puede padecerlo una sociedad entera cuando la desafía algún caso difícil como el de la manada, un puñetazo a nuestras convicciones jurídicas que se enfrentan a nuestros deseos de algo parecido a la Justicia.

La sentencia primero y el auto de libertad provisional después, nos sitúan cara a cara frente a nuestras propias contradicciones. La ciudadanía se queda perpleja cuando la aplicación recta de la ley puede terminar generando decisiones que sentimos como injustas. Que nos duelen.

Nos sentimos inermes leyendo una resolución judicial que, en principio, no resulta arbitraria o caprichosa, sino que está fundada en derecho, por lo que sólo nos queda mostrar nuestra, legítima, indignación frente a un sistema legal que no da más de sí y que, eso sí, parece responder a un reparto de poder determinado.

Y claro, todo ese duelo social por la sentencia y el auto resulta más doloroso cuando lo contraponemos a los principios y Derechos Fundamentales por los que tantos y tantas han peleado antes: la presunción de inocencia (artículo 24 de la Constitución Española), el principio de legalidad penal o la finalidad resocializadora de las penas (artículo 25 de la Constitución).

Nos quebramos por dentro y asistimos a la ruptura entre la razón jurídica y la desazón emocional, pues sabemos que, en teoría, debemos aceptar que la sentencia y el auto podrían ser ajustados a derecho; que caben recursos dentro de la sistematizada arquitectura jurídica que hemos tardado siglos en conseguir y que no podemos correr el riesgo de perder ante arrebatos de ira; y que, racionalizando nuestras emociones, acabaremos concluyendo que no hay otra opción que complacerse porque todo funciona y nuestra náusea es sólo un reducto del animal que somos.

Como cuando en “Los idus de marzo” George Clooney –que interpreta a un idealista candidato demócrata de Pensilvania- es preguntado por su opinión acerca de la pena de muerte y manifiesta su incontestable rechazo ante tal medida radical. Sin darle un respiro, el agudo periodista inquiere al político si pensaría lo mismo en el caso de que algún desaprensivo asesinara a cualquiera de sus hijos, y entonces, con su sempiterna y seductora sonrisa, Clooney reconoce que si alguien matara a cualquiera de sus hijos él mismo acabaría con la vida del homicida, eso sí, asumiendo la comisión de su crimen y poniéndose a disposición de un sistema judicial donde la respuesta fuera una prisión proporcionada, no la pena capital.

Las veces que nos hemos atrevido a sugerir que muchos de los logros jurídicos deberían saltar por los aires si un caso nos duele, una vez junto al precipicio, con los libros de derecho, los principios garantistas y las declaraciones universales en la mano, nos hemos vuelto a convencer de que no existe mejor refugio que la ley que tenemos. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí yes lo que hay.
Sin embargo, nuestro deber cívico nos obliga a preguntarnos si pueden existir alternativas, a indagar qué hay más allá de lo que hay.

Para Stucka, el derecho se define como “un sistema (u ordenamiento) de relaciones sociales correspondiente a los intereses de la clase dominante y tutelado por la fuerza organizada de esta clase”, por tanto, nos enseña el olvidado jurista soviético, en el derecho se debe distinguir entre el contenido, o las relaciones sociales, y la forma de su reglamentación, sanción o tutela, y en la que se incluyen las leyes o el poder estatal.

Es decir, que nuestra ley podría no ser tan nuestra como pensábamos, respondiendo a intereses de una clase particular que vela principalmente por los suyos (en deliberado masculino) con lo que si nos conformamos con el aparato legal (y su corolario judicial) que tenemos, además de aceptar también que esto es lo que hay y que es lo mejor que podemos tener, aunque no nos guste, seremos siervos y cómplices de la manada dominante.

Pero si nos revelamos frente a la injusta realidad social, revertiéndola y sentando bases más equitativas en cuestiones de innegociable igualdad de género, la ley que resulte (y por ende las resoluciones judiciales que la apliquen) necesariamente será más justa, menos dolorosa y, también, nos devolverá un mejor reflejo cuando nos miremos al espejo.



(Publicado en TRIBUNA FEMINISTA el 25 de junio de 2018)

lunes, 21 de mayo de 2018

ENTUSIASTAS Y ENCADENADAS






A pesar de que desde Galileo venimos admitiendo que el mundo está escrito en lenguaje matemático, los números también sirven para esconder las miserias de la vida.

Ya Alba Rico, en su ensayo sobre el Naufragio del hombre, argumentaba que el ser humano es incapaz de entender grandes cifras cuando las mismas están relacionadas con otras personas. Algo así como que la empatía no funciona cuando tratamos de ponernos en el lugar de millones de parados, decenas de miles de familias en riesgo de exclusión social o miles de mujeres maltratadas.

Sin embargo, tal y como afirma en su última novela Sergio del Molino, somos animales narrativos, de ahí que libros como El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital de la profesora de la Universidad de Sevilla Remedios Zafra resulten tan valiosos -no en vano fue galardonado con el Premio Anagrama de Ensayo en el año 2017- y ello porque dibuja el desolador panorama que (sobre-)viven tantas -demasiadas- personas que ven como un mundo empantanado por unas deshumanizadas reglas económicas instrumentaliza y se aprovecha de sus ilusiones, de sus deseos de emancipación, de sus proyectos de trazar una trayectoria vital singular o de su construcción de una identidad propia. En resumen, de su entusiasmo.

En su ensayo, la escritora cordobesa no acumula cifras, no amontona datos, no alardea de fuentes. Se limita a contarnos una historia que no nos resulta ajena pues la hemos sufrido o la hemos visto sufrir a nuestro alrededor. Por eso la entendemos. Por eso nos duele. Podemos ponerle un rostro.
Se trata de la historia de Sibila, una entusiasta precaria que, como los personajes de Lorca, bien podría llamarse Maricarmen, Luci, Raquel o Remedios -la precariedad se conjuga, más dramáticamente, en femenino- y que siente que su vida siempre está a punto de empezar, pero sin embargo ve cómo constantemente se ve aplazada.

Se posterga un trabajo, de verdad, con un salario digno; se demora la posibilidad de disfrutar una vivienda, de tener un cuarto propio; se aparca la decisión de tener pareja o hijos. Y es que la libertad, sin recursos o sin oportunidades, es sólo una hermosa y desgastada palabra.

Así las cosas, sólo queda un continuo dejarse llevar por los días, con la mirada puesta en un porvenir que, como ya subrayó Ángel González, se llama así porque nunca llega. Vivir como esas familias atrapadas en préstamos que no podrán pagar nunca y a las que el banco les encadena carencias y prórrogas en las que cada mes se pagan intereses y más intereses, pero la deuda nunca disminuye. Préstamos imposibles de pagar. Vidas, arruinadas, imposibles de vivir, pero que, sin embargo, resultan rentables para unos pocos: aquellos que las explotan y se benefician del cruel optimismo que nace del miedo al mañana.

Uno de los grandes éxitos del moderno capitalismo pasa porque ha vendido una visión mercantilizada de la realidad en la que todos competimos, los unos contra los otros, en una carrera sin frenos hacia la miseria; en la que los trabajos no tienen por qué remunerarse con dinero; en la que disfrutar con lo que se hace es el mejor, y a veces el único, pago al que se puede aspirar; en la que es más importante tener que ser; en la que todo se puede comprar, incluso el entusiasmo de la gente, otra mercancía más; en la que, como sostiene el filósofo surcoreano Byung-Chun Han, los emprendedores se explotan a sí mismos en su propia empresa y cada uno es amo y esclavo en una persona; en la que la apariencia es el mensaje; o en la que la velocidad y la prisa mueven un mundo que nos exige una permanente reinvención de nosotros mismos.

A todo ello contribuye que vivamos en red, interconectando e híper-visibilizando nuestras soledades. Internet, con sus indudables grandezas, traza caminos cada vez más cortos entre los infinitos puntos que pueblan la existencia. Sin embargo, la rapidez y el exceso de información -mucha de ella generada, gratuitamente, por otros tantos entusiastas- son malos compañeros de viaje para la reflexión y el pensamiento, que requieren de espacio y, sobre todo, de tiempo. Como bien canta Rozalén, el camino corto se hace largo si te paras a mirar.

Entretanto Sibila, que no puede desencadenarse fácilmente del rol de género que otros han decidido para ella, se enreda en insignificantes proyectos, cicateras becas, efímeras estancias en el extranjero o amañadas oposiciones que no dejan de recordarle que está condenada a (mal-)vivir por amor al arte y que no existe mejor pago por su trabajo que los demás le reconozcan su mérito.


No sólo de pan vive el hombre, o la mujer. Pero como dice Marta Sanz, la dignidad sólo se pierde cuando no se cobra.