martes, 26 de junio de 2018

VIVIR EN MANADA PRODUCE MONSTRUOS





Hay ocasiones (una madrugada al volver a casa tras tomar alguna copa de más, una mañana mientras nos preparamos para acometer otra larga jornada, una tarde tras un mal sueño fugaz) en que el espejo nos devuelve una imagen que se nos antoja irreconocible. La edad, el hastío, la decepción, la desesperanza, la soledad, la incomprensión, la pérdida, la rabia, la nostalgia, las derrotas, o la enfermedad desdibujan un rostro que recordábamos más joven, legre, lozano o hermoso y que ahora no queremos resignarnos a reconocer como nuestro, pero que es lo que hay.

El desconcertante momento del irreconocimiento y su aceptación posterior también puede padecerlo una sociedad entera cuando la desafía algún caso difícil como el de la manada, un puñetazo a nuestras convicciones jurídicas que se enfrentan a nuestros deseos de algo parecido a la Justicia.

La sentencia primero y el auto de libertad provisional después, nos sitúan cara a cara frente a nuestras propias contradicciones. La ciudadanía se queda perpleja cuando la aplicación recta de la ley puede terminar generando decisiones que sentimos como injustas. Que nos duelen.

Nos sentimos inermes leyendo una resolución judicial que, en principio, no resulta arbitraria o caprichosa, sino que está fundada en derecho, por lo que sólo nos queda mostrar nuestra, legítima, indignación frente a un sistema legal que no da más de sí y que, eso sí, parece responder a un reparto de poder determinado.

Y claro, todo ese duelo social por la sentencia y el auto resulta más doloroso cuando lo contraponemos a los principios y Derechos Fundamentales por los que tantos y tantas han peleado antes: la presunción de inocencia (artículo 24 de la Constitución Española), el principio de legalidad penal o la finalidad resocializadora de las penas (artículo 25 de la Constitución).

Nos quebramos por dentro y asistimos a la ruptura entre la razón jurídica y la desazón emocional, pues sabemos que, en teoría, debemos aceptar que la sentencia y el auto podrían ser ajustados a derecho; que caben recursos dentro de la sistematizada arquitectura jurídica que hemos tardado siglos en conseguir y que no podemos correr el riesgo de perder ante arrebatos de ira; y que, racionalizando nuestras emociones, acabaremos concluyendo que no hay otra opción que complacerse porque todo funciona y nuestra náusea es sólo un reducto del animal que somos.

Como cuando en “Los idus de marzo” George Clooney –que interpreta a un idealista candidato demócrata de Pensilvania- es preguntado por su opinión acerca de la pena de muerte y manifiesta su incontestable rechazo ante tal medida radical. Sin darle un respiro, el agudo periodista inquiere al político si pensaría lo mismo en el caso de que algún desaprensivo asesinara a cualquiera de sus hijos, y entonces, con su sempiterna y seductora sonrisa, Clooney reconoce que si alguien matara a cualquiera de sus hijos él mismo acabaría con la vida del homicida, eso sí, asumiendo la comisión de su crimen y poniéndose a disposición de un sistema judicial donde la respuesta fuera una prisión proporcionada, no la pena capital.

Las veces que nos hemos atrevido a sugerir que muchos de los logros jurídicos deberían saltar por los aires si un caso nos duele, una vez junto al precipicio, con los libros de derecho, los principios garantistas y las declaraciones universales en la mano, nos hemos vuelto a convencer de que no existe mejor refugio que la ley que tenemos. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí yes lo que hay.
Sin embargo, nuestro deber cívico nos obliga a preguntarnos si pueden existir alternativas, a indagar qué hay más allá de lo que hay.

Para Stucka, el derecho se define como “un sistema (u ordenamiento) de relaciones sociales correspondiente a los intereses de la clase dominante y tutelado por la fuerza organizada de esta clase”, por tanto, nos enseña el olvidado jurista soviético, en el derecho se debe distinguir entre el contenido, o las relaciones sociales, y la forma de su reglamentación, sanción o tutela, y en la que se incluyen las leyes o el poder estatal.

Es decir, que nuestra ley podría no ser tan nuestra como pensábamos, respondiendo a intereses de una clase particular que vela principalmente por los suyos (en deliberado masculino) con lo que si nos conformamos con el aparato legal (y su corolario judicial) que tenemos, además de aceptar también que esto es lo que hay y que es lo mejor que podemos tener, aunque no nos guste, seremos siervos y cómplices de la manada dominante.

Pero si nos revelamos frente a la injusta realidad social, revertiéndola y sentando bases más equitativas en cuestiones de innegociable igualdad de género, la ley que resulte (y por ende las resoluciones judiciales que la apliquen) necesariamente será más justa, menos dolorosa y, también, nos devolverá un mejor reflejo cuando nos miremos al espejo.



(Publicado en TRIBUNA FEMINISTA el 25 de junio de 2018)

lunes, 21 de mayo de 2018

ENTUSIASTAS Y ENCADENADAS






A pesar de que desde Galileo venimos admitiendo que el mundo está escrito en lenguaje matemático, los números también sirven para esconder las miserias de la vida.

Ya Alba Rico, en su ensayo sobre el Naufragio del hombre, argumentaba que el ser humano es incapaz de entender grandes cifras cuando las mismas están relacionadas con otras personas. Algo así como que la empatía no funciona cuando tratamos de ponernos en el lugar de millones de parados, decenas de miles de familias en riesgo de exclusión social o miles de mujeres maltratadas.

Sin embargo, tal y como afirma en su última novela Sergio del Molino, somos animales narrativos, de ahí que libros como El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital de la profesora de la Universidad de Sevilla Remedios Zafra resulten tan valiosos -no en vano fue galardonado con el Premio Anagrama de Ensayo en el año 2017- y ello porque dibuja el desolador panorama que (sobre-)viven tantas -demasiadas- personas que ven como un mundo empantanado por unas deshumanizadas reglas económicas instrumentaliza y se aprovecha de sus ilusiones, de sus deseos de emancipación, de sus proyectos de trazar una trayectoria vital singular o de su construcción de una identidad propia. En resumen, de su entusiasmo.

En su ensayo, la escritora cordobesa no acumula cifras, no amontona datos, no alardea de fuentes. Se limita a contarnos una historia que no nos resulta ajena pues la hemos sufrido o la hemos visto sufrir a nuestro alrededor. Por eso la entendemos. Por eso nos duele. Podemos ponerle un rostro.
Se trata de la historia de Sibila, una entusiasta precaria que, como los personajes de Lorca, bien podría llamarse Maricarmen, Luci, Raquel o Remedios -la precariedad se conjuga, más dramáticamente, en femenino- y que siente que su vida siempre está a punto de empezar, pero sin embargo ve cómo constantemente se ve aplazada.

Se posterga un trabajo, de verdad, con un salario digno; se demora la posibilidad de disfrutar una vivienda, de tener un cuarto propio; se aparca la decisión de tener pareja o hijos. Y es que la libertad, sin recursos o sin oportunidades, es sólo una hermosa y desgastada palabra.

Así las cosas, sólo queda un continuo dejarse llevar por los días, con la mirada puesta en un porvenir que, como ya subrayó Ángel González, se llama así porque nunca llega. Vivir como esas familias atrapadas en préstamos que no podrán pagar nunca y a las que el banco les encadena carencias y prórrogas en las que cada mes se pagan intereses y más intereses, pero la deuda nunca disminuye. Préstamos imposibles de pagar. Vidas, arruinadas, imposibles de vivir, pero que, sin embargo, resultan rentables para unos pocos: aquellos que las explotan y se benefician del cruel optimismo que nace del miedo al mañana.

Uno de los grandes éxitos del moderno capitalismo pasa porque ha vendido una visión mercantilizada de la realidad en la que todos competimos, los unos contra los otros, en una carrera sin frenos hacia la miseria; en la que los trabajos no tienen por qué remunerarse con dinero; en la que disfrutar con lo que se hace es el mejor, y a veces el único, pago al que se puede aspirar; en la que es más importante tener que ser; en la que todo se puede comprar, incluso el entusiasmo de la gente, otra mercancía más; en la que, como sostiene el filósofo surcoreano Byung-Chun Han, los emprendedores se explotan a sí mismos en su propia empresa y cada uno es amo y esclavo en una persona; en la que la apariencia es el mensaje; o en la que la velocidad y la prisa mueven un mundo que nos exige una permanente reinvención de nosotros mismos.

A todo ello contribuye que vivamos en red, interconectando e híper-visibilizando nuestras soledades. Internet, con sus indudables grandezas, traza caminos cada vez más cortos entre los infinitos puntos que pueblan la existencia. Sin embargo, la rapidez y el exceso de información -mucha de ella generada, gratuitamente, por otros tantos entusiastas- son malos compañeros de viaje para la reflexión y el pensamiento, que requieren de espacio y, sobre todo, de tiempo. Como bien canta Rozalén, el camino corto se hace largo si te paras a mirar.

Entretanto Sibila, que no puede desencadenarse fácilmente del rol de género que otros han decidido para ella, se enreda en insignificantes proyectos, cicateras becas, efímeras estancias en el extranjero o amañadas oposiciones que no dejan de recordarle que está condenada a (mal-)vivir por amor al arte y que no existe mejor pago por su trabajo que los demás le reconozcan su mérito.


No sólo de pan vive el hombre, o la mujer. Pero como dice Marta Sanz, la dignidad sólo se pierde cuando no se cobra.





sábado, 17 de marzo de 2018

MUCHO SIGUE MAL





La desigualdad es un lugar extraño. Vivir realidades distintas nos ensimisma y nos aleja los unos de los otros. No nos reconocemos en los rostros de nuestros vecinos porque las diferencias -que luego repercuten en nuestra educación, nuestras oportunidades laborales, la vida social y cultural que disfrutamos, o en nuestra mala o buena salud- nos alejan, desatando los lazos que nos deberían unir en tanto que individuos que compartimos un espacio común: libertad, igualdad y fraternidad.  

Con la crisis -que fue, y es, mucho más que económica- apareció una abundante literatura ensayística cuya preocupación era explicarnos cómo habíamos llegado hasta el abismo, afanándose al mismo tiempo por facilitarnos recetas para escapar de aquel callejón sin, aparente, salida. Esa oleada de páginas y pensamiento crítico, sin embargo, se ha ido hundiendo en las profundidades del tempestuoso océano de la actualidad, del que sólo ha salido a flote la opinión ligera, la tertulia fútil o el tuit frívolo.

Pero ya se sabe que hay cosas que el tiempo no cura y el paso de los días sólo sirve para tratar de ocultarlas entre las infinitas trivialidades con que nos enredamos en las redes sociales o con que nos bombardean desde una cada vez más gritona televisión. Sin embargo, como canta Rozalén, sucede que todo lo que no se atiende tarde o temprano reaparece, y los miles de pensionistas (actuales y potenciales) que salen a la calle estos días es un buen ejemplo.

Como dejaba escrito Tony Judt poco antes de morir en 2010 en su célebre “Algo va mal”, mucho de lo que damos por supuesto no siempre fue así. Hasta finales de los años setenta del pasado siglo y desde el fin de la II Guerra Mundial, lo que conocemos como nuestro mundo occidental abrazó un sistema político que, desconfiando de la fiereza del mercado desregulado, apostaba por las ideas económicas de John Maynard Keynes que servían de base para levantar políticas socialdemócratas que pasaban por la redistribución de la renta, la tributación progresiva, la lucha contra la desigualdad, la provisión universal -o al menos generalizada- y la garantía de determinados derechos sociales. Se construía así un proyecto común, organizado en torno a personas que confiaban las unas en las otras, compartiendo aspiraciones, inquietudes, dependencias o preocupaciones. Cosas de la igualdad.

Lo que vino después, de la mano de las políticas neoliberales, es de sobra conocido. Sabemos muy bien -porque también lo hemos sufrido, de una u otra manera- que entregar nuestras aspiraciones a la ruleta rusa del mercado termina trayendo trágicas consecuencias. Sin embargo, hemos perdido la capacidad argumentativa para imaginar alternativas. El fin de la historia. Y es en este punto en el que nuestra derrota se hace aún más amarga.

Hemos ido aceptando tantos mitos y dogmas que nos han vendido como incuestionables -el hombre hecho a sí mismo; el individualismo; el dinero como medida del éxito; la maximización del propio interés; la política como cálculo de coste y beneficio; la estabilidad presupuestaria; el consumo como redención- que ahora nos encontramos encerrados en categorías que nos impiden ver más allá.

El éxito de la retórica capitalista pasa por haberse convertido en un cautiverio para el pensamiento disidente. Las palabras que podrían servir como arma para construir otro futuro (decencia, equidad, solidaridad, dependencia, dignidad, igualdad) han sido desactivadas, a la vez que nos han convencido de que no son útiles para el lenguaje político, quedando relegadas al uso, de salón, de los utópicos, los ingenuos o los desesperados.

Por eso mismo, que la Constitución Española diga en su artículo 50 que los “poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad” no significa nada. No hay que tomárselo en serio pues desborda los estrechos márgenes de las hojas de cálculo.

La crisis ha servido como excusa para generar una legislación y una jurisprudencia que, armada sólo con razones económicas, ha devaluado nuestra Norma Suprema -que, entre otros populismos, llega a decir que España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político-, con lo que reivindicar el blindaje del Estado social se hace más urgente y necesario que nunca.

Nos va la vida en ello.






[Fotografía: concentración "Los mayores en pie de guerra".  Plaza de España de Cabra (Córdoba), 17/3/18]