miércoles, 1 de febrero de 2017

ESPEJISMO LEGISLATIVO






Hay palabras que por su grandilocuencia o por su uso en apariencia sólo reducido a la retórica política, pareciera que no guardan relación con el ciudadano o la ciudadana de a pie. Se trata, en su mayoría, de términos que aluden a grandes sistemas de pensamiento, teorías económicas o ideologías políticas que se alejan del mucho más prosaico día a día. Una de estas palabras –un tanto desgastada por su reiterado y, en ocasiones, inadecuado uso- es “neoliberalimo”.

Intuitivamente, al escuchar esta palabra no podemos evitar pensar en grandes decisiones macro relativas a disciplina fiscal, a la reducción del gasto público, a la desregularización de la economía o a los gobiernos replegados orientados a las soluciones de mercado. Y claro, todo esto, en principio, nos coge muy lejos y no acertamos a ver sus efectos directos en nuestras vidas. Al menos eso parece.

Sin embargo, el neoliberalismo (una ideología, una forma de gobernar y un paquete de medidas económicas) extiende sus alas y va calando incansable e impenitentemente en el normal desenvolvimiento de nuestras vidas, de tal modo que, como en aquel personaje de Molière, un buen día descubrimos que llevamos años hablando en prosa sin saberlo.

Uno de los pilares de esta corriente ideológica es, ya se ha adelantado, la desregularización, lo que se justifica gracias a la ficción de la libertad y la igualdad (formal) de los individuos (seres racionales que actúan en su propio interés) para, de acuerdo con criterios de eficiencia económica, tomar las mejores decisiones para sí y, por extensión, para la comunidad (aquello de la mano invisible)

Sin embargo, este mito de la igualdad tiene difícil encaje –entre otras muchas esferas de la vida cotidiana- en las relaciones que se dan entre personas consumidoras y profesionales. Así las cosas, la obviedad de que un particular no tiene la misma posición de igualdad ni el poder negociador equivalente al de una gran corporación (que cuenta con mayores recursos, más fuerza en el mercado, más información o mejor y más actualizado asesoramiento) fue la que motivó el nacimiento de la tuitiva legislación protectora de los derechos de consumidores.

Pues bien, es teóricamente en este contexto en el que el pasado 21 de enero se publicó en el BOE el Real Decreto-ley 1/2017, de 20 de enero, de medidas urgentes de protección de consumidores en materia de cláusulas suelo, norma que tiene como teórico objetivo el establecimiento de medidas –en concreto un candoroso trámite extrajudicial de reclamación entre consumidor y banco- que faciliten la devolución de las cantidades indebidamente satisfechas por el consumidor a las entidades de crédito en aplicación de determinadas cláusulas suelo contenidas en contratos de préstamo o crédito garantizados con hipoteca inmobiliaria.

Según el preámbulo del citado Real Decreto-Ley la razón de ser de esta norma –supuestamente dictada en el marco de la protección del consumidor- se justificaría en que “la regulación de la Unión Europea de protección de los consumidores y los pronunciamientos de los tribunales nacionales y del Tribunal de Justicia de la Unión Europea han servido también para que la normativa española haya realizado avances significativos en esta materia”, de tal modo que el citado real decreto-ley pretende “avanzar en las medidas dirigidas a la protección a los consumidores estableciendo un cauce que les facilite la posibilidad de llegar a acuerdos con las entidades de crédito con las que tienen suscrito un contrato de préstamo o crédito con garantía hipotecaria que solucionen las controversias que se pudieran suscitar como consecuencia de los últimos pronunciamientos judiciales en materia de cláusulas suelo y, en particular, la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea de 21 de diciembre de 2016, en los asuntos acumulados C-154/15, C-307/15 y C-308/15”.

De la mera lectura de este intencionalmente neutral texto pareciera que la legislación nacional tuitiva del consumidor hubiera sido un camino de rosas, habiendo avanzado fruto de una sincera conciencia social de los poderes públicos. Sin embargo, la bien conocida verdad es que cada paso dado por nuestro legislador ha sido la respuesta –sonrojante- a una previa resolución judicial del TJUE que ha puesto en evidencia nuestra legislación nacional, obstinadamente irrespetuosa con la normativa europea. Es decir, el BOE actuando como una suerte de Ministerio de la Verdad de la distópica “1984” de Orwell.

Sin embargo, de un detenido análisis del real decreto-ley que aquí nos preocupa se desprende, sin embargo, que la norma, en realidad, no regula nada, no aporta nada, no sirve de nada. Se trata de un mero espejismo, una simple ilusión normativa.

Así las cosas, conviene recordar que la regulación tuitiva de los derechos de consumidores y usuarios parte de la premisa de que la capacidad, información y fuerza negociadora del profesional (aquí, el banco) es muy superior a la del consumidor, dándose por tanto una situación fáctica de asimetría que el Derecho debe evitar. Se trata pues de un conjunto de reglas que requiere la intervención de los poderes públicos, en evitación de los abusos que se someten al aplicarse la ley del más fuerte en una relación entre partes desiguales.

No obstante lo evidente de lo anterior, nuestro Gobierno ha tomado una inaudita y paradójica decisión: tratar de proteger a los consumidores dejándolos a su suerte en una negociación con los mismos bancos que les colocaron las cláusulas abusivas. De este modo, se pretende potenciar una huida de los tribunales (y sus garantías) en beneficio de la autocomposición alcanzada entre banco y consumidor (con sus deficiencias).

Es decir, el ejecutivo ha optado por legislar sobre cuestiones sociales con criterios propios del neoliberalismo. Y eso nos afecta directamente.

En conclusión, bajo la apariencia del dictado de una norma protectora de las personas consumidoras, en verdad, únicamente se protege a la banca. Sólo existen consideraciones jurídicas en beneficio de las entidades financieras (como la beneficiosa y difícilmente sostenible regulación acerca de las costas procesales) a quienes no se les castiga si continúan comportándose como hasta ahora. Eso sí, todo con una retórica orwelliana que parece buscar, de manera paternalista, lo mejor para el consumidor y que, sin embargo, lo aleja de los tribunales, invitándolo y acercándolo, indefenso, a volver y no salir del mismo libre mercado que ya lo apresó en las redes de las cláusulas suelo.




viernes, 30 de diciembre de 2016

ASALTAR LOS SUELOS






Al comenzar dos mil dieciséis aún quedaban esperanzas de que podría haber sido ser el año en que, sin necesidad de asaltos más allá de los estrictamente democráticos, gran parte de las personas que ha visto cómo su existencia quedaba reducida a una mera metáfora de ciudadanía podría alcanzar el cielo.

Aún a pesar del lirismo de la expresión popularizada por Marx (quien la habría tomado del poeta romántico Friedrich Hölderlin), tomar el cielo también encierra un paradójico y evidente componente épico que nos sirve para engrandecer nuestras vidas y para demostrar, una vez más, que la palabra es un arma cargada de futura.

Lo que ha ocurrido en dos mil dieciséis es bien sabido: todo y nada. La política de nuestros días ha sido solo un espejismo, un rosario de eslóganes y actuaciones gaseosas, entendidas éstas tanto como expresión sucedánea y heredera de las tesis de Bauman –un estado más allá de la vida líquida, es decir, de la vida precaria, vacua y en constante incertidumbre-, como un ejemplo de ese refresco carbonatado que luego de muchos aspavientos y efervescencias, queda en nada, apenas un sustituto vulgar y menor del agua.  

Política gatopardesca o lo que es lo mismo, bipartidismo para rato. Fuegos de artificio orquestados cuidadosamente para mirar el cielo como algo espectacular y lejano, imposible de alcanzar. Pan y circo. Sálvame de luxe con infidelidades, besos, traiciones y desengaños en las formaciones políticas. Y el mantra conservador de que “lo serio es ser serios”. La vida es sueño y los sueños sueños son.

Sin embargo, como en aquellas “Palabras para Julia” de Goytisolo, es urgente no entregarse nunca, ni apartarse junto al camino, ni decir no puedo más y aquí me quedo. Hay infinitos cielos a nuestro alrededor que se presentan ocultos bajo las más variopintas apariencias y que aún nos quedan, inaplazablemente, por tomar.

Uno de los últimos que se han alcanzado, al asalto de los tribunales, se escondía bajo el irónico nombre de suelo.

El poder financiero –ése que, principalmente, rige nuestros designios- se había preocupado de que en sus préstamos se cumpliera la máxima de que la banca siempre gana.

Para los prestamistas, las leyes del mercado libre son deseables sólo cuando los intereses suben (signo del bello juego de la oferta y la demanda), pero cuando bajan, conviene protegerse de los riesgos de un sistema que es volátil y peligroso, porque los beneficios podrían dejar de ser estratosféricos.

Así, no es difícil ponerse en su lugar y comprender que el pobre diablo que paga una ridícula hipoteca por un minúsculo piso por encima de sus posibilidades (¿cuándo aprenderán los extremistas antisistema que no existe un verdadero derecho a la vivienda?) no entienda lo difícil que resulta para un Consejo de Administración serio tener que hacer balance ante sus respetuosos accionistas y lo compare con la miserable, prosaica y sencilla cuenta consistente en restar, a un salario mínimo, una cuota hipotecaria inflada por una cláusula abusiva, impuesta sin la debida transparencia y oculta entre datos y cifras ininteligibles para el común de los mortales.

Mantener el suelo durante tanto tiempo también tiene su mérito para la banca. Y su premio. Si no que se lo digan a quienes no han podido reclamar la devolución de lo indebidamente pagado o a quienes vieron reducida su devolución a mayo de 2013, como sentenció nuestro patrio Tribunal Supremo, en este caso más comprometido con la defensa de la economía y de una sui generis interpretación de la seguridad jurídica, que con el respeto al Código Civil y a la Justicia.

Europa, la denostada Europa, nos ha vuelto a abrir el camino hacia la emancipación. El poder judicial ha doblegado al todopoderoso capital y sus adláteres, y ha conquistado un nuevo cielo al asaltar los indignantes suelos, fabricados con la misma materia que se hacen las pesadillas, y contra los que se han estrellado tantas familias.


Más palabras para Julia en 2017. 


(Foto: LUCI ROMERO)



viernes, 28 de octubre de 2016

ALEGORÍA DEL GOBIERNO VACÍO






En la Sala dei Nove del Palazzo Pubblico de Siena se pueden apreciar unos frescos pintados por Ambroglio Lorenzetti alrededor de 1339 y que, como propone el politólogo David Miller, son toda una clase magistral sobre Filosofía Política: “La Alegoría del Buen y del Mal gobierno”.


La primera y más elemental lección que uno aprende al contemplar esta bellísima obra es que el gobierno no es un fin en sí mismo, pues hay gobiernos bondadosos y otros perniciosos, de ahí que la ciudadanía no agote su participación política en la simple elección de un gobernante sin más, sino que debe velar por tener uno bueno.


Esta premisa basal de la teoría política parece estratégicamente desoída por las distintas -y en apariencia divergentes- fuerzas políticas de nuestro país quienes en las últimas semanas han dedicado todo su arsenal propagandístico –con especial mención a la apelación al miedo- a persuadirnos sobre la necesidad de tener un gobierno, el que sea, como si la dicotomía entre el buen y el mal gobernante fuera sólo cosa del pasado, de los tratados de ciencia política o de los bellas pinturas murales de Siena.


La deliciosa lectura de LA HISTORIA FALSA Y OTROS ESCRITOS (ed. Capitan Swing) del Catedrático de Filología Clásica de la Universidad de Bari Luciano Canfora puede ayudar, en lo que ahora nos ocupa, para salir de la perplejidad del espectáculo político o para, más modestamente, tratar de desentrañar algunas de las claves precisas para comprender las causas y motivos por las que asistimos con estupor a la investidura del Presidente Rajoy, bendecida por la decepcionante postura parlamentaria de un PSOE descosido tras una cruenta y mediática batalla interna.


Especialmente pertinentes resultan las páginas que el profesor italiano dedica al análisis de lo que denomina “partido único articulado”, concepto que desarrolla en diálogo abierto con las previas ideas de otros pensadores como Benedetto Croce o Antonio Gramsci, y que resume en esta inquietante afirmación: la “experiencia muestra que el partido que gobierna o desgobierna es siempre uno solo. Y tiene el consenso de todos los demás que fingen oponerse”.


Canfora explica que esta situación política unitaria se alcanza mediante dos procesos opuestos que, no obstante, terminan en el mismo punto: o bien los grandes partidos tradicionales se fraccionan, creando nuevos partidos figurada o formalmente distintos (¿PP/C´s?); o bien partidos que en el teatro político se mueven en posiciones retóricamente antagónicas, se acercan desde sus puntos de partida lejanos uniéndose “en nombre de la cohesión” (¿PP/PSOE?).


Consecuentemente los movimientos políticos son sólo teóricamente centrífugos o centrípetos de tal modo que, en puridad, responden a una “fuerza directriz” única que trasciende las siglas comerciales de los partidos y sus facilones eslóganes y que se sitúa más allá de ellos, en un estadio superior.


Es más, Canfora afirma que la citada “fuerza directriz” habría trascendido en estos tiempos más allá de las fronteras estatales, “deslocalizándose”, volviéndose “intangible, protegida y totalitaria en sus directivas y decisiones” y con la capacidad de “colocar al frente de los Estados nacionales subalternos directamente a sus funcionarios, evitando el engorroso problema de la conquista del consenso y del esfuerzo “electoral”.


Se entiende de este modo que las patrióticas llamadas a la responsabilidad, al sentido de estado, al mal menor, a la prudencia, a la seriedad, a la evitación de otras elecciones o al mero sentido común con la que los medios (de derecha a, aparente, izquierda) nos han venido bombardeando impenitentemente suponen una evidente manifestación de la gramsciana “unidad orgánica pero articulada en partidos distintos” sobre la que el filósofo sardo pensaba cuando aludía al “pluripartidismo puramente epidérmico” como el que se ha demostrado que tenemos en nuestro país en este más pragmático que traumático tránsito desde el aparente bipartidismo al gobierno de un solo bloque parlamentario, que sería uno y trino.



Octubre pasa ya a ser nuestro mes de la contrarrevolución. Olvidada la primera lección de Lorenzetti ya tenemos gobierno. Eso sí, gobierno a secas.


sábado, 1 de octubre de 2016

PODER ES PODER






En un capítulo de Juego de Tronos –esa serie de televisión que no poca gente ha elevado a la categoría de tratado de teoría política- un determinado personaje pretende chantajear a otro con la amenaza de revelar un secreto que le resultaría muy perjudicial y ello en un ilusorio alarde de fuerza basado en el principio que reza que “el conocimiento es poder”. Sin embargo, el personaje pretendidamente chantajeado responde de manera contundente: a una orden suya varios de sus guardias rodean al frustrado chantajista demostrando lo fácil que sería decretar su muerte. La conclusión –que extrae el entonces politólogo Pablo Iglesias en su libro Ganar o Morir. Lecciones políticas en juego de Tronos- es clara: sólo el “poder es poder”, de tal modo que cuando la guerra -o un grave conflicto- entra en escena, el orden y la política quedan subordinados a ella.

Parece poco discutible que el Derecho tiene algo de magia: unas determinadas palabras escritas (por ejemplo un contrato de compraventa o de trabajo), un ritual preciso (un juicio ante un tribunal penal) o un conjuro adecuado (un procedimiento de desahucio) son suficientes para que la vida de las personas cambie de manera sustancial e irreversible al perder su libertad, pasar a ser propietarios, vender su fuerza de trabajo ocho horas al día, o ser despojados de su vivienda. Las palabras otorgan poder.

Vivimos pues confiados en la bondad del Derecho y del sistema legal ya que sin perjuicio de la discusión acerca del origen más o menos democrático de sus normas, se crea el espejismo de una cierta seguridad basada en la racionalidad, la certeza y la lógica de un entramado jurídico lleno de supuestas garantías.

Sin embargo, la aplicación del Derecho (las leyes, los contratos, las decisiones judiciales) no se lleva a cabo mediante operaciones matemáticas o a través de meros silogismos, sino que hay interpretación y decisión, lo cual implica posicionamiento ideológico y político.

Así las cosas, los conceptos jurídicos suelen tener un núcleo duro más o menos incontestable y un halo de incertidumbre que permite varias interpretaciones. Es ahí donde radica, por ejemplo, la variabilidad de las decisiones judiciales ante supuestos relativamente parecidos y análogos, pues según el sentido que se le dé a ese halo –sentido que vendrá motivado por las circunstancias conscientes o inconscientes, deliberadas o no del intérprete, siempre subjetivo- así será el sentido de la resolución judicial que nos ocupe.

Con estas consideraciones, en estos azorados días que estamos viviendo, observamos que en entornos cerrados como puede ser un partido político, en las disputas jurídicas sobre la interpretación de su cuerpo legal –sus estatutos y demás normas internas- no es posible anticipar un resultado incuestionable y ello puesto que no estamos ante conceptos ni exactos ni racionales sino ante construcciones normativas que son interpretables desde posiciones divergentes e interesadas.

Esta situación de incertidumbre y desconcierto provocada por un puñetazo en la mesa que hace saltar las fichas del tablero, desemboca, al menos transitoriamente y hasta tanto en cuanto no se vuelva a recomponer la normalidad de la partida, en una tautología: que el poder permanezca allí donde el poder está. Por esa razón asistimos a situaciones tales como impedir, físicamente, el acceso a determinadas sedes o lugares. Como diría el poeta, las palabras entonces no sirven: son palabras.

La magia del Derecho, el poder que reporta conocer sus intrincados conjuros y recetas, nada puede hacer ante situaciones en las que las reglas del juego están en cuestión o simplemente en suspenso. En ese momento el poder es el poder.





martes, 30 de agosto de 2016

TURNO DE OFICIO







Como en un macabro juego de las sillas, vivimos en un continuo estado de no dejar de correr para no perder el precario lugar que ocupamos, para no caducar. La velocidad es un valor en sí misma y acumulamos cada vez más finales –trabajos, relaciones, aficiones, etc.- que se amontonan en nuestros días vividos de forma líquida. Si antes la utopía nos servía para salir a las plazas caminando hacia un futuro que se pensaba más justo y amable, ahora nos conformamos con la obligación de correr continuamente en una cinta de gimnasio para no ser arrastrados. Sin avanzar nunca.

La dictadura del presente continuo y la obligación de estar ininterrumpidamente a la vanguardia de la última tendencia (artística, económica, amorosa) nos impone el esfuerzo de olvidar todo lo recién vivido (o lo que es lo mismo, consumido) para centrar nuestra momentánea atención y superficial goce en la nueva mercancía (ya sea un teléfono móvil, una novela, otra persona) que se anuncia tan apetecible como efímera.

Estas circunstancias –concienzudamente analizadas por las estimulantes e inquietantes reflexiones del sociólogo Zygmunt Bauman- sin embargo, parecen tener su fugaz y sutil paréntesis pequeñoburgués durante los meses de verano, un período en el que pareciera que se ralentizara el vertiginoso discurrir de las horas líquidas, propiciando lecturas –que son, según Alba Rico, una fuente y no una pérdida de tiempo-, encuentros, reflexiones o descubrimientos que resultan improbables ante las servidumbres del constante ir y volver al mercado –de trabajo, de ocio, de políticas- que nos impone la asfixiante realidad en lo que se antoja un ejercicio propio de un moderno Sísifo neoliberal.

Precisamente al cobijo del espejismo de sosiego que el verano nos brinda, este mes de agosto he podido rescatar del olvido una vieja –término acaso subversivo- serie de televisión española: TURNO DE OFICIO.

Si bien podemos tener la más que razonable opinión de que vivimos el mejor momento de la ficción televisiva, sin embargo “Turno de Oficio”, con sus obvias carencias, supone un acertado reflejo de una España (la de 1985 y 1986), que aún no ha terminado de sacudirse los años de dictadura, que aún no termina de creerse que tiene un Estado de Derecho y una Constitución que sirve como presupuesto y límite de unas reglas del juego del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

La serie aborda con honestidad y solvencia temas entonces de gran actualidad y aún hoy de incuestionable relevancia: la violencia de género (un problema público y no algo que deba quedar encerrado en el ámbito privado de la casa), la inadmisible dependencia de las mujeres respecto de los varones, la desigualdad económica como problema de toda la sociedad (y no como una cuestión reducida al siempre más estrecho ámbito de actuación del Derecho Penal) o, más específicamente, las carencias presupuestarias de nuestra siempre deficiente administración de la administración de Justicia. Un poder que, sin medios, queda desdentado e ineficaz.

Por demás, y aunque queda en exceso ensalzada la imprescindible e inexcusable labor del letrado que asiste gratuitamente a quien no tiene recursos suficientes (una garantía constitucional), tampoco faltan las incisivas críticas a los putrefactos engranajes de un sistema judicial en no pocas ocasiones alejado de la comprensión y la empatía que requiere quien se acerca a un juzgado.

Es cierto que algunos aspectos, diálogos o situaciones han perdido su inicial frescura pero eso no invalida las bondades de esta serie que cuenta con un cuadro protagonista en estado de gracia (también pululan por su metraje no pocas guest stars) y con un trabajado guion que no sólo no insulta a la inteligencia del espectador (lo que es agradecer), sino que, en ocasiones, parece escrito –y es un halago- por un jurista, una filósofa o un yonqui.



Terminada la serie, apenas quedan ya días de verano y cada vez cuesta más volver a la absurda tarea que supone el incesante huir hacia ningún lugar, tejiendo y destejiendo quebradizos recuerdos de cosas sin importancia que se escapan, como el agua, entre nuestras yertas manos que se siguen resistiendo a unirse las unas con las otras.