domingo, 18 de junio de 2017

ASIMETRÍAS






Mi vida se fue a la mierda el día que lo conocí. Se llamaba XXX. El poeta, quién si no.

Con este certero disparo arranca la novela “El soldado Asimétrico” (Berenice. 2017), detonando la deflagración un desigual conflicto, condenado de antemano al fracaso, entre la poesía y la guerra, entre la realidad y el deseo, entre la memoria y la historia, entre la nostalgia y la cobardía, entre el rojo y el azul, entre la virtud y la miseria, entre la belleza y el horror, entre la traición y la decepción, entre la pérdida y el equilibrio.
La vida misma.

De Antonio Manuel, autor de este áspero y desgarrador dulce relato, se pueden decir muchas cosas (profesor de Derecho, músico, activista, escritor) pero no hay persona decente que pueda negar que se trata de alguien, en el buen sentido de la palabra, bueno, sin que la perversa y artificial sombra que trata de proyectar la insidia sobre el creador carbulense pueda apagar la luz de un hombre comprometido con la palabra como arma cargada de futuro, como razón argumentada con emoción.

El soldado asimétrico, como propusiera Marta Sanz en su ensayo “No tan incendiario” (Periférica. 2014) es un texto que duele, que dispara a matar y golpea (en la cabeza, en el pecho, en el vientre) con cada párrafo. Literatura que no se acomoda a la mercantil consigna de “no molestar” y que no trata al lector como a un zombi que arrastra su dedo por la pantalla mientras dormita enredado entre imágenes, lugares comunes o titulares malintencionados.

Como la democracia real –ese régimen político que, de acuerdo con Pasquino, es el más exigente para la ciudadanía-, El soldado asimétrico demanda de quien lo lee el mismo grado de entrega y compromiso del autor con la (buena) literatura, aquella en la que nada es superfluo y en la que cada palabra escrita ha sido previamente pensada, sudada, reflexionada y dolida.

La forma se pone aquí indisolublemente al servicio de la historia y las tres partes del libro -la pérdida, la búsqueda y el equilibrio; acaso las tres fases de la vida- se articulan como un preciso y sólo en apariencia anárquico puzle que, no obstante, se justifica por la propia y caótica peripecia vital del anónimo narrador -que no protagonista-. Un tipo miserable, sin nombre ni pie izquierdo, que, como Cernuda, habla de su tierra, pero también de los nolugares –utopías y distopías- que poblaron su vida, atravesada por todo el asimétrico siglo XX. Nos habla, eso sí, hilvanando retazos zigzagueantes de su memoria que terminan por cobrar pleno sentido al concluir la novela y volver a leerla dando cumplimiento a su precisa, y cuidada hasta la obsesión, arquitectura circular que la convierte en un relato breve pero infinito.

El permanente estado de excepción bélico que se dibuja en El soldado asimétrico deja también espacio para que asistamos a una hermosa y triste historia de amor -prohibido por los fundamentalismos- entre el narrador y un valiente soldado del ejército rojo.

La cobardía es asunto de los hombres no de los amantes, sin embargo, el cínico narrador presume de ser amado y no de ser amante.
Asimetrías. 

La vida misma, que puede ser eterna en cinco minutos.



lunes, 15 de mayo de 2017

HISTORIA Y TIRANÍA





En uno de los muchos diálogos brillantes y premonitorios de Los Simpson, Marge le dice a su marido, mientras ambos contemplan narcotizada y apaciblemente la televisión: "(la) Fox se convirtió en canal porno tan gradualmente que no me di cuenta".

Esta lapidaria afirmación (a todo se acostumbra uno) bien podría resumir uno de los temores que preocupan al historiador e intelectual Timothy Snyder en su urgente, necesario y sugerente último libro: Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del Siglo XX (Galaxia Gutemberg, 2017).

Se trata de una obra que se lee de un tirón y que, sin embargo, se debe digerir poco a poco, reposadamente, ya que la inaplazable reflexión sobre sus lecciones requiere de la cochura de la que carece el apresurado y artificial ritmo de vida que llevamos.

“La historia no se repite, pero sí alecciona”, esa afirmación, que abre el libro de Snyder, condensa la tesis del pensador norteamericano y es que, en sus propias palabras: “cuando el orden político parece amenazado, nuestra ventaja es que podemos aprender de las experiencias vividas para impedir el avance de la tiranía”.

Esta valoración positiva de la historia (no en vano Snyder es considerado hijo intelectual del historiador tristemente desaparecido Tony Judt, con quien coescribió Pensar el Siglo XX. Taurus, 2012) se muestra como un antídoto frente a lo que otros reputados autores como Jo Guldi y David Armitage (Manifiesto por la Historia. Alianza Editorial, 2016) han definido como “una escasez de pensamiento a largo plazo” en tanto que “los políticos no miran más allá de las siguientes elecciones y la misma cortedad de miras afecta a los consejos directivos de las grandes empresas o a los líderes de las instituciones internacionales”.

Como si de un disparo de sentido común se tratase, cada capítulo-lección del libro se resume en una recomendación que resulta complicado rebatir: “no obedezcas por anticipado”, “defiende las instituciones”, “asume tu responsabilidad por el aspecto del mundo”, “recuerda la ética profesional”, “cree en la verdad”, “investiga”, “mira a los ojos y habla de las cosas cotidianas” o “sé todo lo valiente que puedas”. Estos aparentemente sencillos y sensatos consejos se arropan luego con ejemplos históricos extraídos, entre otros, del régimen soviético, del fascismo italiano o del nazismo alemán.

Resulta extremadamente fácil, nos enseñan los hechos, adaptarse a la cotidiana excepcionalidad consecuencia de una situación aparentemente extraordinaria y grave (como lo fue, por ejemplo, el incendio del Reichstag en 1933) y que deriva en la gestión del terror por quienes forman parte de un régimen que se torna poco a poco en tiranía (entendida, desde la Grecia antigua, como la usurpación del poder o la burla de las leyes llevada a cabo por una sola o por unas pocas personas). Entonces la verdad se diluye y “si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre la que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes”.

Desoír las lecciones del Siglo XX, entiende Snyder, nos habría conducido a caer en la trampa de la “política de la inevitabilidad”, que tiene que ver mucho con el “fin de la historia” proclamado por Fukuyama. Terminaríamos creyendo que los acontecimientos responden a una teleología prefijada, abocándonos sin alternativa posible a una meta predeterminada (y aquí puede leerse: globalización, liberalización, sociedad de mercado, austeridad…)

Sin embargo, apunta el profesor de Yale, otra tiránica falacia nos estaría acechando: la “política de la eternidad” o lo que es lo mismo la manipulada añoranza de un pasado que realmente nunca sucedió. Snyder la ejemplifica con una frase reiterada por Donald Trump en su campaña: “hagamos América grande otra vez”, sin que seamos capaces de definir qué sea ese “otra vez”.

A todo se acostumbra uno: a la pérdida progresiva de derechos (nos dicen que sólo fueron fugaces privilegios), a la devaluación de la democracia (reducida a un zafio y vano espectáculo entre partidos), al nuevo lenguaje político (que zancadillea a la verdad), o, más prosaicamente, a las injerencias del Gobierno en la Justicia.

Es fácil acostumbrarse (o que nos acostumbren) a casi cualquier cosa cuando cada paso hacia la tiranía se presenta como un hecho aislado, desconectado (burlando así nuestra capacidad de análisis histórica) o inevitable.

Por eso, conviene detenerse en las lecciones de la historia: el relato es la vacuna contra los inconexos y constantes golpes que asestan los titulares que compartimos en las redes sociales.





domingo, 2 de abril de 2017

UN MUNDO SIN HÉROES






Un clásico ejemplo de dogmática penal (para explicar figuras como la defensa propia o el estado de necesidad disculpante) es el conocido como “tabla de Carneades”, basado en el dilema ético planteado por Carneades de Cirene.


En el famoso experimento mental del filósofo griego, nos encontramos con dos náufragos que, en alta mar, consiguen asirse a una pequeña tabla de madera que sólo puede aguantar el peso de una persona. Sin duda, sería admirable que cualquiera de los marineros naufragados se soltara permitiendo que su compañero salvara la vida, pero en las facultades de Derecho se enseña que como quiera que la ley no puede exigir conductas heroicas, para el caso de que uno de los náufragos golpeara al otro con el objetivo de no ahogarse y salvar su vida, el conflicto entre dos bienes jurídicos de igual valor (la vida humana) y la imposibilidad de exigir otra conducta, deberían determinar una eventual sentencia absolutoria para el marinero que salvó su vida.


Según el D.R.A.E. el héroe (o la heroína) es la persona que se distingue por haber “realizado una hazaña extraordinaria, especialmente si requiere mucho valor”. Resulta difícil discutir el halo romántico (Ulises, Antígona, la canción del pirata…) que envuelve a la figura del héroe. Ideales como la libertad, la independencia, la determinación, la audacia, la astucia o el coraje se asocian comúnmente a los muchos héroes y heroínas que en el mundo (y en la literatura y en el cine) han sido.


Sin embargo, cabe cuestionarse si en las sociedades jurídicamente organizadas y cuya virtud principal sea la Justicia (Ralws) la aparición del héroe no sería sino el resultado de una patología, y ello porque el normal y ordinario desenvolvimiento de los derechos de la ciudadanía no debería requerir de acciones o gestas extraordinarias.


Así las cosas, en determinados contextos, promover ideales heroicos –eso sí, debidamente customizados según las preferencias del mercado- se puede convertir en una herramienta paradójicamente conservadora o reaccionaria pues arrojaría a cada cual a, sin posibilidad de elección, tener que plantearse su vida como una perpetua sucesión de proezas excepcionales, insólitos emprendimientos o constantes incertidumbres. La vida se tornaría de este modo en una suerte de mito de Sísifo en el que cada día se desarrollaría una nueva lucha por conquistar lo perdido la noche anterior. Vida líquida.


Como prosaico ejemplo, puede servir la apuesta empresarial por confeccionar y liquidar lo que se conoce como “plantillas líquidas” en las que se contratan a profesionales freelance para trabajar en fugaces proyectos concretos que, una vez concluidos, les permitan quedar de nuevo libres para poder elegir con flexibilidad en qué nueva aventura empresarial enrolarse en orden a seguir desarrollando sus actitudes profesionales y añadiendo valor a su marca personal.


Como se aprecia, todo un arsenal teórico y propagandístico (desde las páginas salmón de los periódicos hasta los libros de autoayuda) trufado de una terminología que trata de ensalzar la mística de la heroicidad se pone al servicio de un azaroso mercado laboral en el que, parafraseando a Sartre, toda persona estaría condenada a ser un héroe.


Esta artificial y sucedánea épica de la vida heroica (que paralelamente desacredita otras opciones vitales a las que tilda de acomodadas, aburridas o conservadoras), sin embargo, encubre la imposibilidad de elegir el proyecto de vida que cada cual quiera vivir, enmascara la liquidación de la seguridad social, y certifica la derogación del derecho a elegir una apacible -lo que no es sinónimo de irresponsable o falta de compromiso- vida laboral sin sobresaltos. La ficción de la libertad del héroe, en realidad, no sería sino una imposibilidad de elegir. Como lúcidamente razonaba el tristemente desaparecido Gerald Cohen, una cosa es que el mercado se haya convertido en una ruleta de casino y otra muy distinta es que todos estemos forzados irremediablemente a jugar, incluso sin desearlo.


Por contra, la Constitución Española, en su bellísimo e innegociable artículo 10 afirma que el fundamento del orden político y de la paz social pasa por el libre desarrollo de la personalidad (que cada cual pueda optar por el proyecto de vida que desee) por la dignidad de la persona (su derecho a caminar erguido), por los derechos inviolables que le son inherentes o por el respeto a la ley y a los derechos de los demás.


El Derecho no quiere héroes, sino personas.