martes, 30 de agosto de 2016

TURNO DE OFICIO







Como en un macabro juego de las sillas, vivimos en un continuo estado de no dejar de correr para no perder el precario lugar que ocupamos, para no caducar. La velocidad es un valor en sí misma y acumulamos cada vez más finales –trabajos, relaciones, aficiones, etc.- que se amontonan en nuestros días vividos de forma líquida. Si antes la utopía nos servía para salir a las plazas caminando hacia un futuro que se pensaba más justo y amable, ahora nos conformamos con la obligación de correr continuamente en una cinta de gimnasio para no ser arrastrados. Sin avanzar nunca.

La dictadura del presente continuo y la obligación de estar ininterrumpidamente a la vanguardia de la última tendencia (artística, económica, amorosa) nos impone el esfuerzo de olvidar todo lo recién vivido (o lo que es lo mismo, consumido) para centrar nuestra momentánea atención y superficial goce en la nueva mercancía (ya sea un teléfono móvil, una novela, otra persona) que se anuncia tan apetecible como efímera.

Estas circunstancias –concienzudamente analizadas por las estimulantes e inquietantes reflexiones del sociólogo Zygmunt Bauman- sin embargo, parecen tener su fugaz y sutil paréntesis pequeñoburgués durante los meses de verano, un período en el que pareciera que se ralentizara el vertiginoso discurrir de las horas líquidas, propiciando lecturas –que son, según Alba Rico, una fuente y no una pérdida de tiempo-, encuentros, reflexiones o descubrimientos que resultan improbables ante las servidumbres del constante ir y volver al mercado –de trabajo, de ocio, de políticas- que nos impone la asfixiante realidad en lo que se antoja un ejercicio propio de un moderno Sísifo neoliberal.

Precisamente al cobijo del espejismo de sosiego que el verano nos brinda, este mes de agosto he podido rescatar del olvido una vieja –término acaso subversivo- serie de televisión española: TURNO DE OFICIO.

Si bien podemos tener la más que razonable opinión de que vivimos el mejor momento de la ficción televisiva, sin embargo “Turno de Oficio”, con sus obvias carencias, supone un acertado reflejo de una España (la de 1985 y 1986), que aún no ha terminado de sacudirse los años de dictadura, que aún no termina de creerse que tiene un Estado de Derecho y una Constitución que sirve como presupuesto y límite de unas reglas del juego del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

La serie aborda con honestidad y solvencia temas entonces de gran actualidad y aún hoy de incuestionable relevancia: la violencia de género (un problema público y no algo que deba quedar encerrado en el ámbito privado de la casa), la inadmisible dependencia de las mujeres respecto de los varones, la desigualdad económica como problema de toda la sociedad (y no como una cuestión reducida al siempre más estrecho ámbito de actuación del Derecho Penal) o, más específicamente, las carencias presupuestarias de nuestra siempre deficiente administración de la administración de Justicia. Un poder que, sin medios, queda desdentado e ineficaz.

Por demás, y aunque queda en exceso ensalzada la imprescindible e inexcusable labor del letrado que asiste gratuitamente a quien no tiene recursos suficientes (una garantía constitucional), tampoco faltan las incisivas críticas a los putrefactos engranajes de un sistema judicial en no pocas ocasiones alejado de la comprensión y la empatía que requiere quien se acerca a un juzgado.

Es cierto que algunos aspectos, diálogos o situaciones han perdido su inicial frescura pero eso no invalida las bondades de esta serie que cuenta con un cuadro protagonista en estado de gracia (también pululan por su metraje no pocas guest stars) y con un trabajado guion que no sólo no insulta a la inteligencia del espectador (lo que es agradecer), sino que, en ocasiones, parece escrito –y es un halago- por un jurista, una filósofa o un yonqui.



Terminada la serie, apenas quedan ya días de verano y cada vez cuesta más volver a la absurda tarea que supone el incesante huir hacia ningún lugar, tejiendo y destejiendo quebradizos recuerdos de cosas sin importancia que se escapan, como el agua, entre nuestras yertas manos que se siguen resistiendo a unirse las unas con las otras.



miércoles, 29 de junio de 2016

¿SOCIALISMO?




Una de las islas donde naufragar que me van quedando se encuentra habitada por un puñado de hombres y mujeres que, una vez al mes, se reúnen en una biblioteca pública para leer, comentar y reflexionar en común un libro. En nuestro y caso y como quiera que se trata de un club de lectura de ensayo, una obra pensada para hacer pensar.


La orgullosa pertenencia a este grupo –abierto a cualquiera que desee leer con los demás- me ha llevado, hace apenas unos días, a acudir a la conmemoración anual de los clubes de lectura, un encuentro participativo en el que las lectoras (porque son sobre todo mujeres) y los lectores (los menos) acuden llevando comida y bebida traída de sus casas para compartirla con todas las personas asistentes y ponerla en común de manera generosa y solidaria, cooperando en la organización y limpieza de la fiesta. Sin esperar nada a cambio.


Esta celebración de la lectura comunitaria y pública me ha hecho recordar el breve y delicioso ensayo "¿Por qué no el socialismo?" (Editorial Katz), escrito por el filósofo canadiense Gerald A. Cohen y en el que se plantea, entre otras cuestiones, que la aplicación de los principios socialistas -no confundir con las estructuras económicas socialistas, cuya experiencia histórica no ha tenido resultados dignos de imitación- puede ser algo tan recomendable como factible.


Partiendo de una potente y sencilla propuesta -un grupo de personas que participa en un campamento. Un castizo perol podríamos decir por estos lares- Cohen concluye que lo razonable es que el grupo de excursionistas no sólo no se desenvuelva rigiéndose por principios mercantilistas, sino que muy al contrario lo natural será que cada cual ponga en común sus posesiones, sus habilidades o su tiempo en provecho del grupo, repartiéndose a la par las tareas, comida u otros beneficios y cargas de acuerdo con las necesidades y capacidades que cada cual tenga.


El tristemente ya desaparecido profesor de Oxford, con su habitual y sugerente estilo irónico e inapelable, lleva al lector a reconocer lo absurdo que sería que quien tenga mayor pericia para la pesca venda su producto o exija una mejor pieza como retribución por su aportación al grupo, o, del mismo modo, lo peregrino que resultaría que quien, vagando por el campo, encontrara un magnífico manzano, reclamara para sí menos tareas de limpieza como contrapartida por su azaroso hallazgo. La lógica del intercambio mercantil no sirve y carece de sentido en estas situaciones.


Cohen -ese apellido y su origen canadiense anticipan siempre algo interesante- trata también de dar respuesta a obvios ataques previsibles como que sus aparentemente idílicos planteamientos se vuelven inútiles a gran escala pues resultarían en todo punto inviables al aplicarse a grandes grupos humanos. Nadie mejor que el propio pensador canadiense para refutar tales invectivas y me permito remitir al lector o lectora de estas líneas a acudir a la fuente original pues la lectura de Jerry Cohen siempre resulta grata y provechosa.

Sin embargo lo anterior, el libro sí que tiene la honradez de reconocer que si bien hemos sido capaces de construir las más variopintas estructuras políticas, económicas y sociales que se articulen en torno al egoísmo humano, por el contrario, al momento presente aún no hemos podido diseñar las arquitecturas necesarias para sustentar grupos de personas (desde las más pequeñas asociaciones temporales hasta las gigantescas organizaciones y federaciones de países) que basen en la solidaridad sus diversas relaciones.


No obstante, parece evidente que no somos sólo egoísmo, aunque seamos en parte individualistas. Ni tampoco somos sólo altruismo, aunque tengamos momentos de pura generosidad. Somos y vivimos una vida que fluye y vibra en un entorno líquido de contradicción permanente.


Así, al igual que hemos sido capaces de potenciar formas de vida que se basan en el individualismo y la codicia –con sus continuas fallas, como demuestran las recurrentes crisis económicas y sus perversos resultados- y hemos pretendido hacer del vicio privado virtud pública, se trataría ahora de conseguir articular propuestas y construir realidades sociales, económicas y culturales que fomenten y premien –¿incentiven?- el lado más cooperativo y generoso del ser humano, sin que las obvias debilidades o las puntuales y desastrosas experiencias pasadas –como gusta decir a los economistas liberales: la realidad es sólo un caso particular y por tanto no debe empañar la teoría general- sirvan como único argumento para cesar en este inaplazable empeño, no tan utópico.





miércoles, 1 de junio de 2016

TAMARA






En Las ciudades invisibles Italo Calvino dibuja con minucioso y poético trazo la cartografía de lugares imposibles que, paradójicamente, se nos antojan como utopías cercanas y reconocibles.


En el libro, el célebre mercader veneciano Marco Polo describe ante la concupiscente atención de Kublai Kan, "emperador de los tártaros", las impresiones que las diversas ciudades que ha visitado han ido dejando en su memoria de embajador y viajero infatigable.


Una de esas quiméricas urbes es Tamara -pues todas tienen nombre de mujer-, que se corresponde con la primera de la serie conocida como “las ciudades y los signos”. De esta metrópoli destaca que, cuando uno entra en su perímetro, “el ojo no ve cosas, sino figuras de cosas que parecen otras cosas”, de tal modo que “incluso las mercancías que los comerciantes exhiben en sus mostradores valen no por sí mismas, sino como signo de otras cosas”. Ya se sabe, algo similar a la machadiana relación entre valor y precio.


Sin duda, Tamara es una ciudad mucho más visible de lo que podría parecer y el recorrido por sus calles nos puede servir para distinguir nuestras propias trampas y sinécdoques cotidianas, aquellas en que habitamos y en las que el grito, la amenaza del miedo constante o el mero reclamo comercial han ocupado el lugar que debiera haber quedado reservado para el diálogo, la seducción que provoca un futuro esperanzador o la armonía que resulta al sumar melodías diferentes, pero compartidas.


En Tamara, relata Marco Polo, “la mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino retener los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes. Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o qué esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido”.


Sin embargo esa aparentemente lisérgica distopía nos resulta muy familiar. Retemos nombres (Venezuela, déficit, empleo, nación) como si fuéramos capaces de entender a qué se refieren, como si, ufanos, alcanzáramos a descifrar su contenido, más allá de su función como interesado y simple signo.


Nos paseamos por la arena política que conforman los diarios, las televisiones o las redes sociales jugando con estilizados y evanescentes signos que nos sirven para creer que conocemos, o si quiera intuimos, realidades acerca de las que, a diario, nos despachamos sin sonrojo como si fuéramos versados sabios, como si en verdad supiéramos qué se esconde detrás de cada tendencioso símbolo.



Y mientras seguimos llenando comentarios, páginas, tuits o tardes de café con más y más fútiles palabras que se refieren a otros tantos vanos signos (sutil, pero implacablemente impuestos) el reloj continúa corriendo y se nos olvida que no quedan ya apenas razones para aplazar la necesaria idea de saltar por encima de los cielos desde los que caen tantos signos, sustituyentes, que ocultan a su antojo la realidad sustituida.



miércoles, 30 de marzo de 2016

JUSTICIA EN ALMONEDA






Tengo que confesar que he coqueteado con alguno de los más extendidos vicios que asolan a mi generación: he jugado un par de partidos de pádel –ese sustituto del golf para las pymes y los autónomos-; he participado en maratones de visionado de series de televisión hasta altas horas de la madrugada; me he equipado con toda suerte de complementos deportivos para salir a correr por la ciudad; o he jugado al póquer en una reunión de amigos. Y esto último ha sido lo que más me ha desagradado. No repetí. La partida -con sus faroles, su egoísmo patente, sus apuestas de dinero que se multiplica o volatiliza por puro azar encubierto de estrategia- me dejó la misma desazón que provoca ver el telediario un lunes. 


Los naipes me recordaron que no me gusta dejar a la suerte las cuestiones trascendentales. “Con las cosas de comer no se juega” nos enseñaron nuestras abuelas, que venían de padecer las miserias de una posguerra que les había enseñado el valor de una austeridad bien entendida.


Me parece que, como dice el sociólogo César Rendueles en su ensayo SOCIOFOBIA, el mercado es una institución general que impregna la totalidad de la realidad social. Y no siempre fue así. Y no debería ser así.


Con estas reflexiones de fondo, hace unos días leí que, en la multiforme y variopinta voluntad de “regeneración de España” –una fórmula que encierra no pocas medidas meramente paliativas que sólo tienen como fin colaborar a seguir manteniendo con vida el Sistema (así, con mayúscula, lo llamaría el escritor Menéndez Salmón)- se encuadraba una propuesta de “mejora de la financiación de la justicia” que fijaba su atención en el llamado “caso de Holanda” (se puede encontrar ese trabajo en la web www.politikon.es).


Partiendo de obvias premisas frente a las que resulta complicado estar en contra, como la afirmación de que “es más útil no centrarse tanto en el cuánto se gasta, sino en el cómo se gasta”, la “científica” propuesta aludida trataba de justificar sus ideas con una aseveración (“en Holanda se gaste más y mejor en su administración de justicia”) que más bien parece un ejercicio para tratar de ganarse, desde el primer momento, a todos aquellos lectores recelosos de quienes abogan por el recorte del gasto –léase inversión- en los presupuestos destinados a servicios públicos –léase, derechos-.


Muy sucintamente el sistema holandés se puede resumir en una negociación entre el Consejo Judicial -quien presenta al Ministerio de Justicia una estimación de carga de asuntos anual prevista- y el propio Ministerio, que asigna una partida presupuestaria a cada tribunal de acuerdo con esa negociación. Así las cosas, se realizan estimaciones del tiempo de trabajo y del coste de procesar los asuntos, es decir se fija un “precio por caso”, de tal suerte que al terminar cada ejercicio se realiza una comparación entre cuántos asuntos se han resuelto y cuántos se habían presupuestados. Si el número de casos resueltos es mayor, el Ministerio de Justicia abona la diferencia y viceversa si los asuntos resueltos son menos que los previstos. Esta rendición de cuentas, eso sí, se ve respaldada por el control de un “auditor externo” -cabe legítimamente preguntarse, si será una de esas grandes compañías dedicadas a estos menesteres y que cuentan ya con no pocas tachas de falta de rigor, independencia o profesionalidad-.


El Consejo Judicial también debe alcanzar pactos con cada uno de los juzgados. En estos acuerdos, y basándose en los antecedentes del ejercicio anterior, se fija el número de casos que los tribunales van a resolver ese año. Al final de cada ejercicio se valoran los resultados de casos resueltos con premio/penalización por exceso o déficit de asuntos solucionados en relación con el presupuesto pactado. Todo ello, no se preocupen, con el control de la pertinente auditoría externa.


Se nos dice, en conclusión, que este exitoso sistema holandés genera incentivos “para un mejor desempeño en términos de celeridad en la terminación de los casos”. Pero claro, como celeridad no es sinónimo de justicia (si bien, paradójicamente, tardanza sí puede significar iniquidad) se termina admitiendo que poner “el énfasis en la eficiencia y la rendición de cuentas de los juzgados debe ser complementado con otras medidas que aseguren la calidad de las decisiones judiciales”. Así, se propone articular “indicadores de medición de calidad” como pueden ser (i) la “consistencia de las sentencias” (sea esto lo que sea y se valore como se valore); (ii) la “satisfacción de los usuarios” (ya se sabe, el cliente siempre tiene razón. Sin embargo, me pregunto a quién se le debe preguntar: a los que ganan o a quienes han perdido su pleito); (iii) o, y esto parece mucho más sensato y se viene realizando, el ratio de resoluciones confirmadas en apelación.


Que el azaroso mundo del mercado y sus reglas (sus imparciales auditores externos, sus castigos y premios económicos, sus presupuestos y precios, etc.) entre en el día a día de la administración de justicia puede enturbiar el correcto ejercicio de un poder público esencial. La propia independencia judicial podría verse seriamente afectada por la necesidad (o el incentivo) de los tribunales de tener que cumplir con el presupuesto de casos exigidos para cada ejercicio. El gobierno de los jueces podría caer en las mismas tentaciones que, tiempo atrás, otros actores del mercado tuvieron cuando colocaron activos y productos tóxicos a sus clientes con la esperanza de cumplir objetivos y de ser retribuidos o premiados por su actuación.


Sin duda, un mejor desempeño de lo público no puede identificarse ni con gestión privada ni con asunción, sin más, de las reglas del mercado (gestión a la maniera privada). La eficiencia de la administración (de la administración) de justicia no debería pasar por acomodar un poder público (un bien extra comercium como lo es la Justicia) a la lógica de la oferta y la demanda. Se deben explorar otras fórmulas que no parezcan una almoneda de sentencias y autos judiciales.


El profesor Rendueles nos recuerda que casi todas las sociedades tradicionales pusieron mucho cuidado en excluir del mercado algunos bienes y servicios esenciales como la tierra, los productos de primera necesidad o, y aquí incluyo yo, la administración (de la administración) de justicia.



Con las cosas de comer, ya se sabe, no se debe jugar.


domingo, 31 de enero de 2016

ABRAZADOS





El mes de enero solía ser lluvioso, frío, gris, como en esas viejas películas en blanco y negro. En invierno, las tardes efímeras dejaban paso a interminables noches sin esperanza.


En uno de esos días, un veinticuatro de enero, tres desalmados pistoleros de extrema derecha acribillaron a tres abogados laboralistas, un estudiante y un administrativo. Además dejaron gravemente heridos a otros cinco letrados. Ocurrió en 1977 cuando un franquismo tocado y casi hundido agonizaba. Fue en el número 55 de la calle Atocha en Madrid.


Desde finales de los años sesenta del pasado siglo muchas abogadas (sí, mujeres) y abogados se constituyen en uno de los colectivos más comprometidos y eficaces contra una dictadura que ya se encamina a su inexorable fin. Son en su mayoría jóvenes vinculados al entonces clandestino PCE o a los movimientos de cristianos de base que se han curtido en el movimiento universitario. Aplican su conocimiento y pericia jurídica para tratar de resquebrajar las leyes franquistas y colarse por las rendijas que dejan, entre otras, la normativa de asociaciones o la regulación de las “comisiones de obreros” en el mismo epicentro de los sindicatos verticales.


Muchos años después, ya en plena democracia formal, para ejercer como abogado tuve que estudiar derecho en una facultad en la que, salvo honrosas excepciones, se primaba la memoria frente a la reflexión, se estudiaban las normas escritas en lugar de cuestionarse los argumentos éticos detrás de las decisiones del poder público, se anteponía el conocimiento de la ley frente a la sensibilidad por la Justicia. 


Como si de una "formación profesional superior” se tratara, el plan de estudios homogeneizaba al alumnado, tratando de perfilar futuros trabajadores dóciles y eficientes. Leguleyos preocupados, sobre todo, por conseguir un éxito profesional que sería la antesala de una vida cómoda y sin complicaciones. En definitiva, lo que necesita toda buena economía para el futuro de un país estable.


Sin embargo, cada día que pasa -y tal vez porque crece con más fuerza la semilla de rebeldía sembrada por esos apenas cuatro o cinco profesores y profesoras que tuve en la facultad- me convenzo de que una carrera universitaria es (o al menos debería ser) un espacio de encuentro entre personas diferentes unidas por un mismo afán por conocer y conocerse, con una innegociable implicación con la cultura y con la sociedad. Un lugar para formar ciudadanas y ciudadanos comprometidos con la Libertad, la Dignidad o la Justicia. Un reguero de impredecibles preguntas más que un conjunto sistemático de respuestas una y mil veces repetidas.



En este extraño y soleado mes de enero, tan propicio para la futilidad como peligroso para el olvido, quería recordar aquí a esas compañeras y compañeros "abogados laboralistas" que, abrazados a la causa democrática, comprendieron y nos enseñaron –incluso dejándose la piel en el camino- que el Derecho, sobre todas las cosas, debe ser, como la poesía, un arma cargada de futuro.