martes, 2 de enero de 2018

OLIVIA






Si cada año tuviera, como las ciudades invisibles de Calvino, un nombre de mujer, para mí 2017 se llamaría Olivia, como mi hija pequeña nacida en la primavera del año que acaba de terminar.

Que la vida va en serio no se aprende del todo cuando se tiene un desengaño amoroso o cuando uno se independiza y vive lejos de la casa de sus padres, tampoco cuando se sufren las inclemencias del mercado laboral. Que la vida va en serio, de verdad, se aprende cuando uno descubre que nuestra biografía se desarrolla entre dependencias y cuidados. Periodos en los que somos dependientes (al nacer, al padecer una enfermedad, al llegar a la vejez) y otros tantos en los que somos cuidadores.

Olivia es todo dependencia. También, en parte, su hermana mayor. Por eso, su madre y yo debemos ejercitarnos cada día como personas cuidadoras, tratando inútilmente de conciliar esta inexcusable obligación con nuestras demás tareas profesionales, lo que, a todas luces, se antoja complicado porque, como argumenta Carolina del Olmo, las relaciones económicas dominantes en nuestra sociedad parecen incompatibles con las más elementales pautas de crianza.

El cuidado comprende, siguiendo a Lina Gálvez, todas aquellas actividades que desarrollamos para atender o apoyar a otros/as, de manera tanto física como emocional, para sobrevivir día a día, las cuales no admiten excepción, aunque sí grados distintos de exigencia y cumplimiento. Se trata de labores que tienen una dimensión material, directa, pero también emocional y relacional. El cuidado es, en palabras de la catedrática sevillana de economía, lo que nos permite a los seres humanos que seamos, tengamos, hagamos y estemos.

A preguntarme una y otra vez por estas cuestiones me han ayudado Olivia y su hermana Emma, pero también las muchas mujeres (por desgracia, casi exclusivamente mujeres) que han contribuido y siguen contribuyendo a que mis pequeñas sean, tengan, hagan y estén en este mundo: sus abuelas, sus tías, sus maestras o, sobre todo, su madre, que es quien canta la melodía que da música a nuestras vidas.

A preocuparme cada vez más por estas cuestiones también me han incitado Emma primero y ahora, aún con más fuerza, la pequeña Olivia. Las dos me han ayudado a entender que sólo resulta decente apostar por la innegociable dignidad de una sociedad que únicamente siendo genuinamente igualitaria (léase feminista) podrá llamarse verdaderamente democrática.

Desde la trinchera que ocupo como padre, como abogado o como ciudadano siento el deber cívico de revolucionar y mejorar mi entorno para evitar sentirme avergonzado en un distópico futuro (que se parecería mucho a este presente) en el que Emma u Olivia, ya lo suficiente maduras, me reprocharan no haber hecho lo suficiente para acabar con las violencias, las desigualdades o los prejuicios que tenían a Ellas como injustas víctimas.

Entre “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino hay una ciudad que, casualmente, se llama Olivia. El hermoso relato que Marco Polo hace a Kublai Khan sobre esta simbólica urbe culmina con una enigmática y sugerente afirmación: la mentira no está en las palabras, está en las cosas.

La más pequeña pero también la más subversiva insurrección contra la mentira del actual estado de las cosas comienza por gritar a los cuatro vientos que no somos seres independientes y que todas las personas necesitamos en algún momento cuidados de los demás, a quienes les debemos cuidados recíprocos en algún momento.

Los seres humanos vivimos porque y gracias a que nos estamos cuidando. Eso y otras tantas inexplicables sensaciones significa para mí Olivia.



  

viernes, 1 de diciembre de 2017

LA DEFENSA PUIGDEMONT








«Defendería a Hitler, incluso a George W. Bush
a todos los que se declaren culpables»

(Jacques Vergès)



Desde hace un tiempo vengo sosteniendo la opinión de que, sin entrar a valorar el resto de infinitas circunstancias y elementos que concurren en el llamado asunto catalán y respecto de los que cabe tener divergentes posturas, desde el punto de vista exclusivamente jurídico la estrategia judicial seguida hasta el momento por Carles Puigdemont merecería un reposado tratamiento en las clases de la Facultad de Derecho y es que, como si de un supuesto casi puro de estrategia de ruptura se tratara, el ex president de la Generalitat parece haber seguido, paso por paso, las tesis sistematizadas en el célebre tratado “Estrategia judicial en los procesos políticos” escrito en 1968 por el jurista francés Jacques Vergès, conocido mundialmente como el abogado del terror tras protagonizar el documental homónimo dirigido por el alemán Barbet Schroeder en 2007.


Así las cosas, la defensa de Puigdemont se ha esforzado por relegar los hechos (el alimento principal del que se nutre el proceso judicial) a un segundo plano, como si se trataran de algo anecdótico o accesorio; ha protagonizado una contundente impugnación total del orden público español, acusándolo de fascista y carente de garantías; ha velado por acompañar sus alegatos con otras normas, principios o leyes (vigentes o no, aplicables al caso o no)  diversas a las emanadas de la Constitución y el resto de nuestro ordenamiento jurídico; se ha preocupado por internacionalizar su conflicto con el estado, haciendo de su juicio una causa general contra determinadas ideas; se ha propuesto urdir relatos y construir realidades paralelas en las que los matices se diluyen, enfrentándose el mal contra el bien, Goliat contra David (exiliado en Bruselas), convirtiendo cada testimonio, cada testifical, cada declaración en un espectáculo difundido por las redes en tiempo real y con evidente finalidad propagandística.


Como enseña Vergès en su radical y provocador libro, es en todo caso la actitud del acusado la que determina si se sigue una estrategia de connivencia o convencional o si, por el contrario, se opta por la defensa de ruptura, que hace imposible el diálogo entre el reo y el juez, desintegrando en consecuencia al aparato judicial.


Sin embargo, connivencia y ruptura no son sino esquemas ideales que rara vez se dan en la práctica en estado puro, pudiéndose incluso a alternar dentro de un mismo conflicto fases de una y otra naturaleza.

Frente a la estrategia desplegada por Puigdemont, sus ex consellers y demás investigados por la misma causa decidieron inicialmente acogerse a una tradicional defensa de aceptación de las reglas del juego (en esencia, el Código Penal o la Ley de Enjuiciamiento Criminal), desplegando argumentos y articulando razones propias de una sala de justicia ordinaria. Que hayan estado en prisión provisional desde comienzos de noviembre avalaría, al menos desde el estricto punto de vista intelectual y táctico de Puigdemont (en libertad), las tesis de Vergès.

Ahora asistimos a un momento crucial en este proceso-espectáculo. Desde su condición de exiliado/prófugo el ex president de la Generalitat exhorta a los encarcelados a hacer lo que sea para salir de su cautiverio, en lo que bien puede ser una invitación a seguir su propia estratagema judicial.


Sin embargo, la gran paradoja de la estrategia de ruptura se resume en que el individuo trata de eclipsarse (pues se torna en portavoz de un ideal, de una convicción política determinada; aquí, la utópica república catalana) y si bien corre el riesgo de sacrificarse, debe también evitarlo, pues tal circunstancia va en contra de la propia necesidad de defensa del acusado. No es nada fácil asumir ese rol, y la decisión debe tomarla el reo, no su letrado. De ahí que ante este fatal dilema haya quienes opten por lo que Vergès califica como falsa connivencia o ruptura no confesada en lo que resulta ser una postura en la que se finge aceptar la ley y el orden en función de un interés político. Demasiado prudente para obrar al descubierto, cubre su rostro de hierro con la máscara de la ley.


Partiendo de lo dicho, exigir a los investigados encarcelados que acaten el artículo 155 de la Constitución Española como fórmula condicional para acordar su libertad tras su (indebida) situación de prisión provisional, como resultaría ser la posición del poder judicial, es un signo de estrechez de miras legal de quien sigue encorsetado en la férrea lógica de la connivencia procesal, sin entender que una vez que se ha optado por la ruptura (expresa o taimada), el tablero de ajedrez que suele ser el procedimiento común deja de responder a sus habituales reglas, convirtiéndose en una suerte de siniestro e impredecible juego de la oca plagado de trampas e incertidumbres que se ocultan en cada casilla.